¡Ya se espabilarán !

Por: Vicent Partal (Traducción del artículo aparecido en Vilaweb)

21.07.2017 22:00

Ayer vimos dos fotografías cruzadas, y muy significativas, sobre el día que se configura claramente como el más importante en la historia reciente de Cataluña, el primero de octubre.

La divulgación de la encuesta del CEO y el anuncio de medidas semanales de control del gasto por parte del estado español enseñan las dos caras políticas que se confrontan no a las urnas sino para ponerlas, los unos, y para evitar que aparezcan, los otros.

Entendedlos: están asustados. La encuesta del CEO es una encuesta, sólo. Pero es la encuesta más potente que se hace en el país y, además, el resultado que da es coherente con todas las otras encuestas aparecidas hasta ahora de empresas muy diferentes.

Un 67% de participación y una victoria del sí por 62% a 37% sería el golpe definitivo. La legitimidad de la proclamación de la independencia quedaría fuera de todo duda y el problema grave lo tendría el estado español para intentar oponerse.

Observad sólo dos datos explicativos y apuntad bien el significado. La primera es que una participación del 67% sería superior a la registrada en cualquier referéndum hecho en democracia en el estado español. Superior, por lo tanto, a la que sirvió para aprobar la actual constitución. Un dato que dejaría el gobierno español, literalmente, sin defensa. Y la segunda es que un 62% de sí sería un resultado claramente superior al de los últimos referéndums de autodeterminación en Europa: Escocia y Montenegro, pero también (si se me permite) lo Brexit.

Cómo queréis que no estén asustados ante este panorama?

Hay un dato, pero, que es increíble y que cuestiona severamente la reacción de la unionismo. Es el que demuestra que todos los partidos, incluido el PP, tienen una mayoría de votantes que participarán en el referéndum. Hay tres partidos en contra del referéndum, PP, Ciutadans y PSC, y uno que no sabemos qué piensa (ni lo sabremos nunca, seguramente), Cataluña Sí que es Pot. Pero los datos indican que los votantes de estos cuatro partidos quieren votar. Contra la opinión de sus dirigentes. Es difícil de imaginar una impugnación más clara y más contundente de la obtusa actitud obstruccionista del bloque partidario de la unidad de España. Impugnación que remarca como es, de poco sensata, políticamente, la actuación de estos partidos: el boicot de los partidos unionistas facilita enormemente la victoria del sí.

Y si no bastara, ante esto, lo único que hacen es amenazar de sabotear económicamente no el gobierno y sus actuaciones sino el conjunto de la sociedad, retirando el dinero que el FLA paga (con nuestros impuestos, por cierto) a los proveedores catalanes.

No sé ni imaginarme quién es el genio que ha decidido una cosa parecida, pero si tenemos en cuenta dos detalles de la encuesta del CEO, entenderemos perfectamente hasta qué extremo cometen una barbaridad. El primer detalle es el que dice que, sobre el total de la población y en condiciones ideales, la mayoría de los catalanes no preferiría la independencia. El segundo es el que explica los motivos por los cuales, a pesar de esto, la independencia gana. Atención al dato: entre los votantes del no, el 58,5% afirma que lo hace por su sentimiento nacionalista español, mientras que, entre los votantes del sí, sólo un 14,7% dice que lo hace por nacionalismo.

Si atendemos estos datos, parece difícil de discutir que el sí gana porque la sociedad catalana, más allá de aquello que preferiría idealmente, ve que no hay otra solución que cortar con un estado que la castiga permanentemente. Y, por eso, reaccionar con más castigo y un castigo más indiscriminado todavía (tanto que ya ni el PSC ni Ciutadans no lo entienden) a mí no me parece, precisamente, una medida inteligente. Ep! Pero ya se espabilarán…

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(2) De charla en el Café Zúrich, de Plaza Cataluña (Barcelona)

SHALY en Facebook

Shaly V 002_39 Cape Verde Music Playlist – Cesaria Evora_10m

Habían transcurrido tres semanas desde aquel primer coloquio con Carmen, Jorge y Juan como interlocutores y allí estábamos de nuevo en el Zúrich de Barcelona, sentados casualmente en la misma mesa que la vez primera y aguardando las bebidas solicitadas. En la espera íbamos calentando motores con vaguedades y observaciones sobre los clientes que continuamente entraban o se sentaban en las terrazas exteriores, que el clima benigno de este primaveral invierno lo estaba permitiendo. El Café Zúrich seguía su tradición, acogiendo autóctonos y foráneos, —éstos los que más, bastaba una ojeada—, como prácticamente hiciera desde su nacimiento en junio del sesenta y dos —mil ochocientos— , primero como cantina llamada “La Catalana” para los viajeros que tomaban el “tren de humo”, —que al aire libre transportaba a los barceloneses desde el centro de la ciudad hasta Sarrià y Sant Gervasi, actualmente un distrito de la capital condal—, convertido más tarde en chocolatería hasta que finalmente un tal Serra, catalán que había trabajado en la Zurich suiza, compró el negocio y lo rebautizó con dicho nombre.

— Lo siento, llegó muy tarde — se excusó la recién llegada mientras tomaba una silla y la acercaba a la tertulia.

Todos excepto Carmen nos levantamos para saludar a Martina, persona por mí tratada, a ella y familia, durante los últimos años. Hice las presentaciones oficiales, se repartieron los besos y saludos de ritual y los quetal*, muchogusto* y lamentoelretraso* al uso en circunstancias como aquella. Se sentó entre Jorge y Juan, estratégicamente frente a Carmen. Sabía yo que Martina estaba casada y tenía un par de hijos, chico y chica, ya en edad universitaria uno y en la antesala la segunda; de Jorge y Juan, si hay que fiarse de las biografías exhibidas en los perfiles de redes sociales, que aquél —lucía flamante anillo de compromiso o boda reciente— estaba en una relación aparentemente sin hijos y del segundo que se trataba de un divorciado que vivía en pareja y que de vez en cuando, —aparte de su amor por los perros grandes—, exhibía fotos de un par de casi adolescentes que sin duda debían ser vástagos suyos, por las pintas de un primer compromiso suyo o de la compañera. Y Carmen, de la que, aun habiéndonos tratado cara a cara muy poco —por decir algo, un par de ocasiones en diez años—, sabía por nuestras conversaciones telefónicas a pie de calle que se había divorciado años antes de conocernos , no lo había vuelto a intentar, tenía nietos en Madrid y ahora disfrutaba de la agradecida compañía de Rufo y Milú, un terrier yorkshire —del que amaba la ternura de su imperceptible gesto cuando se despistaba unos segundos— y una gata de negro pelaje que en su permanente indiferencia podría pasar por una pantera en miniatura, a decir suyo.

Martina se pidió un batido de chocolate, —lo que en mi juventud, y quizás ahora también en algunos lugares,  hubiera sido el tradicional cacaolat* caliente, ya que fue aquí donde se empezó a fabricar la famosa marca en el treinta y tres, un proyecto alumbrado  en Budapest—. A Jorge le sirvieron su té y Juan se había pasado a la cerveza, en botella. Carmen, que había declinado tomar nada, rebuscaba en su bolso. Finalmente se llevó un cigarrillo a los labios.

— Si, ya sé que te dije por correo que había dejado de fumar —se justificó ante mi visible reprobación.

— No, no estoy en lo de si fumas o no, que eso es cosa tuya —le contesté—. Pero es que estamos en local cerrado.

— ¡Ay! ¡Disculpad! ¡Qué cabeza la mía! Estaba en Shaly, recordando un poco nuestra primera conversación y ni me he dado cuenta. Se me ha ido el santo al cielo.

Uno de los camareros, que ya se estaba aproximando a la mesa probablemente para advertirla, se dio media vuelta.

— Nosotros venimos de Tarragona —explicó Martina—. He dejado a mi marido por ahí callejeando. Tenía cosas que hacer — remarcó, como restando importancia a lo de callejear—. ¿Ya habéis empezado a hablar? — Y sin dar prácticamente tiempo a contestación alguna, se lanzó al ruedo —. ¿Qué opináis de Marçal? Mejor dicho —añadió dirigiéndose directamente a Carmen— ¿Cómo valoras tú, como mujer, la actitud de Marçal?

Martina, quizás porque no disponía de toda la tarde — y nadie daba por hecho que el resto si pudiera gozar de más tiempo del necesario—, atacó de entrada el rol del personaje principal con una ambigua pregunta especialmente dirigida a la otra mujer presente en la mesa. Tuve la impresión que daba por sentada la respuesta, que evidentemente coincidiría con la suya: corporativismo femenino.

— Yo pienso que sí que es verosímil que pueda enamorarse de Shaly — Medio respondió Carmen un tanto desconcertada, no atreviéndose a más y sospechando que por ahí iba la cuestión. Se figuró que Martina daría por supuesto que los dos varones —a mí no se me tenía presente cual convidado de piedra— estarían encantados de que una Shaly se enamorara de ellos, aunque dudara que la ficción condujera a la realidad. ¿Era esa la pregunta?

— No, no me refiero a la chica. —Saltó Martina. Miró por el rabillo a derecha e izquierda—. Un personaje maduro o, mejor dicho, entrado en años, siempre va a encapricharse de una muchacha de veinte y pocos.

Juan y Jorge observaban lo que ambos barruntaron pudiera ser el inicio de un interesante duelo a florete.

— Para mí que Marçal es un auténtico egoísta: le interesa más su vida que la familia, de la que se desentiende completamente, sin importarle ni esposa ni hijo ni la esposa de éste. ¿Y por qué? ¿Qué obtiene? Absolutamente nada de nada —remató Martina la tirada.

No me imaginé que se zambulliría de nuevo en ese tema de la ingratitud y egocentrismo, ya discutido por ambos durante una comida con su esposo. Pequé de ingenuo, porque con la experiencia ya vivida y su reacción hacía tan solo una semana o semana y algo, —enfrentamiento hacia mí y también hacia su marido—, debía ser consciente de que su veredicto de un ‘Marçal egoísta’ se le había enraizado profundamente. Como yo aquel día me atreví a manifestar que ‘otras mujeres’ no se habían expresado de la misma manera y con tal contundencia respecto a Marçal, aquella era su oportunidad de exponer su acerada crítica ante Carmen, por si era una de las ‘otras’. Y de ahí su tono ciertamente, no diré agresivo, pero si ligeramente belicoso.

— Pensé que te referías a…—Carmen fue cogida a contrapié—. Pues de entrada no sabría qué decirte, si sí o no. —Tras un instante le preguntó muy seriamente, acentuando los interrogantes finales—. ¿Consideras que marcharse a otro país a ayudar al prójimo, y más siendo médico, es un acto de egoísmo por el mero hecho de no recibir nada como pago? ¿Cómo un canje, una permuta? ¿Yo te doy, si tú me das?

— No discuto que alguien pueda marcharse a otros países como contribución al bien común, incluso para ganar dinero — replicó rápida Martina—. Lo que me cuesta aceptar, mejor dicho, no acepto claramente, es que lo haga y deje sola a su esposa e hijo, y éste con la mujer embarazada. Lo menos que puede esperarse de alguien es que esté al lado de los suyos cuando ingresan en un hospital. ¡Marçal prefirió salvar bosnios antes que auxiliar a su nuera! —dictó sentencia.

Conocía a Carmen de nuestras largas, interminables y siempre sugestivas conversaciones callejeras, paseando en aquellos tiempos de un lado a otro de la plaza de Pati Palau y yendo el móvil de una a otra oreja para que ambas enrojecieran a la misma velocidad. Sabía que su militancia mental se inclinaba claramente por los movimientos progresistas. Intuía de Martina —pocas veces nos habíamos adentrado en senderos conflictivos, salvo cuando surgía esporádicamente el tema del procés catalán, que confieso: ambos sin ningún contratiempo sobrellevábamos estoicamente—, intuía que  se movía en sentido contrario, sin llegar ni de lejos al rancio conservadurismo, pero sí con ribetes tradicionalistas o continuistas. Naturalmente no me era permisible ni deseable definir o encasillar a ninguna de las dos: la vida o existencia no es blanca o negra. Incluyéndolos, discurre entre ambos límites y compone un degradado multiforme de un sin par de colores variopintos, que ni siquiera permanecen con el transcurso de los años. La evolución del ser desde su niñez hasta la vejez enriquece a uno mismo y a quienes le rodean; y el reconocimiento de esa evolución en pensamientos, criterios, actitudes y comportamientos nos forzaba a besar humildemente el suelo y a rendirnos ante nuestra insignificancia.

Mi ensueño me causó sorpresa. La retórica profundidad de mi raciocinio no era habitual en mí. Ido por momentos, incorporado de nuevo a la tertulia,  tuve claro que el enfrentamiento verbal estaba servido: el sereno argumentario de Carmen con seguridad exasperaría el vehemente verbo de Martina.

Juan y Jorge se revolvían imperceptiblemente en sus asientos e iban sorbiendo con estudiada lentitud sus bebidas no atreviéndose ni siquiera a abrir boca.  Sus sentires debían tener —que no exteriorizaron— y, al igual que yo mismo, esperaban la respuesta del otro contendiente, que no se hizo esperar.

— No sé si has leído toda la novela y lo has hecho con cuidado — se atrevió a insinuar Carmen—. Que recuerde, Marçal marcha a Bosnia sin saber que la chica está embarazada. Y no se entera tampoco del parto prematuro hasta días después. Por tanto llamar egoísmo a una actuación derivada o consecuencia de la ignorancia de los hechos me parece excesivo.

— No tenía por qué viajar a un país en conflicto con los riesgos que eso supone y sin nada a cambio salvo sentirse importante, algunas palmaditas a la espalda y ponerse quizás alguna medalla humanitaria—. El tono de Martina se había endurecido. Por un momento tuve la impresión de que teatralizaba el discurso ante mí—. Seguro que sabía lo del embarazo. Existían ya entonces los teléfonos, ¿no? — Siguió razonando—. Tenía aquí un buen trabajo, gozaba de una esposa magnífica, un hijo y un futuro nieto o nieta en camino. Prefirió ser tuerto en un país de ciegos — finalizó con una aspereza indisimulada.

Me dio por rescatar en mi mente el anterior encuentro y almuerzo con Martina y marido en su domicilio. ¡Con lo bueno que estaba el strudel de manzana!

Juan se hizo presente:

— Es fácil para nosotros hablar de una guerra sentados aquí, observando las ramblas iluminadas, las personas que van y vienen, cómodamente aposentados, buena temperatura, nada que temer…

La mirada de Martina le pulverizó. Jorge se mantuvo en un discreto segundo plano. Carmen aprovechó para pedirse un café con leche antes de reflexionar:

— Dejando aparte las dificultades y vergüenzas de la guerra,  entiendo que muchos no podamos —se incluyó en el tiempo del verbo— comprender el enorme significado del voluntariado filantrópico, el hecho de que para aliviar el sufrimiento de otras personas ofrezcas tu tiempo gratuitamente. Y tus conocimientos. E incluso que pongas en riesgo tu propia vida, porque eso también puede pasar. — Aprovechó que Martina se dedicaba a su chocolate, aunque estaba segura de su atención—. En cierto modo, estoy de acuerdo contigo, Martina: sí que es un desmedido egoísta quien se presta a involucrarse en un conflicto por servicio a los demás sin esperar retribución alguna, caso de Marçal. — Martina alzó la vista un tanto sorprendida. Juan y Jorge atendieron—. Los Marçal y el conjunto de voluntarios del mundo entero son un atajo de egocéntricos pancistas —Carmen había captado nuestra atención— porque… siempre acostumbran a recibir más de lo que dan y recoger más de lo que siembran: el afecto de las personas socorridas, su recuerdo imperecedero, la sonrisa de las gentes, sus ojos esperanzados, el cariño de los niños… ¡La satisfacción del deber cumplido!

Después de una breve pausa, Martina reaccionó ahora en un tono grave, dolido, como si le fuera en ello su propia existencia:

— También era su deber estar junto a su esposa Mercedes y con Adela, su nuera. Y no hablemos de su hijo, al que dice que idolatra, pero que deja abandonado a su suerte en el momento más delicado.

— No tengo muy claro que fuera asi —le replicó Carmen. Se encaró conmigo—. Aquí tenemos al creador de los personajes. Podría soltar palabra y descubrirnos el porqué de cada cual.

Rehusé amablemente a interferir: la partida se desarrollaba entre ambas mujeres, nosotros al margen, de espectadores. Ante mí silencio y leve, pero repetido, cabeceo negativo, Carmen reanudó el diálogo, transformado ahora en soliloquio:

— A la familia no le faltan recursos para vivir, ¡y vivir sin apreturas! Tienen de todo. Mercedes da la imagen de ser pétrea, fría, distante. Y Unai, el hijo, de extrema fragilidad —quizás por el impacto de las personalidades contrapuestas de sus padres—, aunque está felizmente casado con Adela. —Continuó pensando en voz alta—. Posiblemente sí que Unai necesita a su padre, aunque flaco favor le va a hacer permaneciendo constantemente a su lado, impidiendo sin pretenderlo su propio desarrollo. —Persistió en su meditación—. Pero quizás sí, que el más débil es Unai. Pero la esposa, Mercedes, se vale perfectamente por sí misma, tiene carácter, como lo demuestra sin duda, estemos o no de acuerdo con sus decisiones. Y en su periplo vital parece que se ha preocupado más de su propio yo que de acompañar a Marçal en sus aventuras por esos mundos de Dios. O al menos apoyarle.

— ¿Qué tiene que ver que tengan sobrados medios económicos? — se rebeló Martina—. Lo que una mujer quiere es mantener a su familia unida a su alrededor y, más que a nadie, a su pareja con ella. No que ésta se vaya a arreglar el mundo de otros.

— Habría que pensar si… —Carmen por un instante sopesó lo que iba a decir—. Para mí que la egoísta es Mercedes porque quiere mantener atado a ella a Marçal cuando no parece que haya hecho demasiado para ello, cuando ya no hay nada o queda poco que atar entre ambos. —Carmen había levantado ligeramente la voz al aventurar tal dictamen—. ¡Y el delirio de querer controlar a su hijo! — exclamó viva, pero sosegadamente— ¿Cómo va conseguir mantenerlos unidos?

Reconstruyendo diversos pasajes de Shaly le hizo ver a Martina que, a partir de cierto momento y dimitido de sus particulares objetivos, Marçal nunca dejó de cumplir con sus obligaciones para con Mercedes. Sospecho que Martina tuvo que evocar lo que le dije durante la sobremesa hace unos días: que aún no llevaba suficientes páginas como para poder juzgar: Carmen tenía más datos que ella.

Martina trataba de esbozar una respuesta, que por su mirada no presumí conciliadora o  al menos cordial. Creí llegado el momento de intervenir, no para matizar ni clarificar ni explicar la posición del autor, sino para poner paz en un diálogo que amenazaba con enturbiarse.

— A mi juicio no vale la pena personalizar este tema. —Fue Jorge quien, saliendo de su mutismo expectante, se me adelantó—. Hay quienes priorizan el servicio a los demás, sus ideales, aun a costa de sacrificar lo más próximo. Es algo que surge de dentro y que, se quiera o no, marca el destino. Puedes estar o no de acuerdo con ellos, pero necesitan hacerlo. Y no es asunto de dinero ni honores. — Bajó la voz porque quizás pensaba en él mismo— Se trata de la satisfacción de saber que uno hace lo que tiene necesidad de hacer para llegar a ser una buena persona o un buen profesional. En este sentido, estoy de acuerdo, Martina, en que Marçal es un gran egoísta. Conforme, pero por los motivos expuestos por Carmen.

Martina recuperó la normalidad en su expresión.

— ¿Vosotros os la habéis hecho entera? —preguntó a la mesa—.¡La novela! — aclaró.

Resultó que a Juan le quedaban unas veinte páginas y que Jorge luchaba con su lector de ebook y estaba esos días en las escenas nicaragüenses.

— Yo sí, un par de veces en formato pdf, que no es nada cómodo. Ahora quiero releerla en papel —aseguró Carmen.

— Estoy más avanzada que la última vez que nos vimos —Martina se dirigió a mí—, pero es verdad que me queda mucha travesía para comprender los caracteres y sus entresijos. —Sonrió a Carmen, quien le devolvió la paz. Jorge y Juan suspiraron —. Habrá que seguir reuniéndonos, ¿no?

Fue una invitación — ¿o fue un reto?— que mutuamente se aceptaron alegres de haber superado la escaramuza. Para mí una satisfacción asistir de nuevo a sus charlas para dialogar sobre Shaly. ¿Qué más podría desear?

Shaly V 002_39 Cape Verde Music Playlist – Cesaria Evora_10m

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(1) De charla en el Café Zúrich, de Plaza Cataluña (Barcelona)

SHALY en Facebook

De la Banda Sonora: Shaly J 026_149_Georgia on my mind – Oscar Peterson

Corría la primera semana de este nuevo año. En el remodelado Café Zúrich de Plaza Cataluña, Barcelona, cuatro personas estábamos ‘tomando un café’. A las otras tres —a quienes voy a denominar  Juan, Jorge y Carmen—, las conocía bastante bien, desde los años de su niñez  al primero hasta tiempos más recientes la última. En edad, los varones estaban en los cuarenta largos, mientras Carmen… No sé con qué años cargaría Carmen, con esa habilidad femenina de rejuvenecerse cada nuevo día, pero rondaría la sesentena. A sugerencia mía se habían conocido en persona ese mismo día, aunque virtualmente hablando, gracias al Facebook y porque estaba yo de por medio como ‘amistad común’, llevaban ya varios meses de intercambios, megustases* y compartires*. Esta era también su primer reencuentro cara a cara en el caso de Juan y Jorge al menos desde hacía unos veintitantos años, y una total novedad en el caso de Carmen. Se habían cruzado ya las frases de rigor y algún que otro suave chascarrillo. Los cafés —un té especial para Jorge— esperaban su punto para poder ser degustados. Y se entró en materia divagando de uno a otro lado, como siempre sucede, sin nada especial que decir, tanteando opiniones por no expresar inconvenientes.

— Pues Shaly a mí me parece…

Jorge hizo una pausa al no saber exactamente como adjetivar la prosa de Shaly. Lo noté  y lo notaron.

— ¿Densa? — intenté ayudarle.

— Si, eso puede ser: densa. — Se agarró al clavo ardiendo de mi voluntaria calificación —. ¡Un texto denso! —Respiró aliviado intentando  enhebrar un amable argumento—. Como bien dices al inicio, no se puede leer de corrido. Hay que estar atento, seguir las frases de principio a final, recuperar el hilo de la narración, no perderse entre tanto detalle…

Calló: lo de ‘tanto’ quizás no debía haberlo dicho, seguramente pensó. Aquella última afirmación conllevaba una negatividad intrínseca. Carmen, que se había inicialmente acogido a su derecho a permanecer en silencio, —Juan seguía sorbiendo su café con leche—, terció en la conversación: al fin y al cabo nos habíamos todos reunido después de muchos años y desde siempre una para felicitarnos la Navidad y… hablar de la novela.

— Es verdad, Jesús. No puedo decir que sea un exceso lo del detalle, pero hay una gran acumulación de información, de datos, que hay que tener presente. A mí me gustó —añadió de inmediato— y me gustó mucho, ya te lo dije. Pero a los que prefieran empezar y acabar en un plisplás*, —en un toque, que diría mi familia argentina—, va a ser difícil engancharles. Requiere concentración.

— Bien —es Juan quien en ese momento intervino—, es verdad que Shaly explica muchas y variadas situaciones, que viaja por ciudades diversas y recorre paisajes diferentes, que hay muchos personajes. Y también que la descripción es meticulosa, a veces pormenorizada y deja poco margen a la imaginación. —Nuevo sorbo—. Recuerdo ahora la descripción del vestido, incluida gargantilla, que luce Anthía la noche del concierto en La Seu d’Urgell —lo dijo como quien señala un explícito ejemplo—. Pero eso no significa que le sobre ni le falte nada. Los cambios de escenario y los diferentes actores la hacen muy atractiva, aunque debas ir paso a paso.

— Claro, eso dependerá del lector, y lectores los hay de muy variados — se incorporó Jorge—. Yo reconozco que a veces, cuando he terminado una frase o un párrafo, he de volver al inicio para hacerme con lo que he leído. Y que he preferido organizarme la lectura por etapas: primero las cartas, después los capítulos intermedios. Puedo hacerlo, ¿no? — exclamó dirigiéndose a mí.

— Sí, claro. Las cartas pueden leerse una tras otra porque son correlativas — le respondí—. En cada capítulo se indica a qué fecha pertenece la acción para ayudar al lector a situarse en el tiempo.

— En realidad no es necesario separar unos capítulos de otros, aunque se puede hacer, sobre todo en la primera parte —entró Carmen—. La segunda parte, la de Anthía, es lineal, pero la de su abuelo Marçal es un continuo va y viene. Pero es muy gráfica. Ocurre como cuando ves por vez primera una película interesante, que se te escapan muchas, muchas, frases o escenas o miradas o la música o… mil particularidades.  Y te gustaría poder retroceder de vez en cuando para saber de dónde viene la historia o recuperar alguna de las secuencias. ¡Vaya, no perder o simplemente seguir el hilo!

Carmen les dejó a todos pensativos con su incursión en el mundo del celuloide. Yo les observaba y mantenía mi mudez procurando un rostro inexpresivo para no influir en la conversación. Al fin y al cabo ese era mi papel como autor del libro que intentaban diseccionar.  Suponía que en algún momento debería abrir boca más allá del simple cometario o respuesta puntual, pero esperaba a que ellos me dieran la vez.

Juan, —que era con quien tenía relación más antigua, vecindad con sus padres en su etapa infantil, y había podido seguir sus circunstancias personales más de cerca—, dejó la taza en el plato:

— Eso de meterse en el cine ha estado bien — dio la razón a Carmen—. Este domingo me entretuve en ver Casablanca y…

— Esa  es de mi época — le interrumpió riéndose Carmen, que como más veterana tenía más vida a sus espaldas, aunque en cambio hubiera sido la última incorporada a mi corta relación de amistades.

— Debe de ser — se sonrió Juan, que no era de los de carcajeo fácil, sino más bien de aquellos de fina ironía subliminal—. Pero la ponían en una de las cadenas y entre esa y otras de espíritus, apariciones, terror, alienígenas o persecuciones policiales a lo americano, me quedé con el cine en blanco y negro, de cuando tu debías ser niña o no habrías ni nacido —la miró con ojillos picarescos.

— Yo la vi de cría. Debía tener unos catorce años y quedé enamorada de Humphrey Bogart — se ensoñó por un instante Carmen—. Casablanca es del cuarenta y pico y yo no estaba ni siquiera en la imaginación de mis futuros padres. Me faltaban aún algunos años.

— Pues yo la descubrí cuando estaba en la universidad — recordó Juan— Y a mí quien me gustó, y mucho, fue Ingrid Bergman. Para acabar después con Montse, mi pareja, no diré que lo casi opuesto a la Bergman, pero poco que ver — comentó mofándose de sí mismo.

Jorge, el más circunspecto de los tres, el orden personificado, la constancia presente en todos sus avatares, no se expresó —quizás sumido en su ‘tanto-detalle’ del principio’— y presumí que no la había visto, Casablanca, aunque no podía dudar del conocimiento de su existencia. Siguió Juan:

— Con esta han sido tres las veces que la he visionado, la primera a los veinte más o menos, y las otras dos veces cada de diez años aproximadamente. Decía que lo de comparar Shaly con una película puede ser acertado, porque este tercer pase me llevó a descubrir expresiones, rostros, matices, escenas, etc. pormenores en los que nunca antes me había fijado.

— Pero no irás a comparar Shaly con Casablanca, ¿no? — Le salió del alma a Carmen, y me miró tan como arrepentida, que me obligó a romper mi silencio en franca risotada.

— No, por favor. Casablanca ganó varios Oscar y es una de las mejores películas de la historia. Mi Shaly no le llega ni a los créditos iniciales.

Estaba claro que no sabían cómo decirme que Shaly era soporífera, un rollo insoportable, un texto que se atraganta página si y la siguiente también. Me divertía verles sufrir por quedar bien conmigo.

— Quiero decir que en Shaly, que no es lectura de entretenimiento —quizás sí que para una noche de insomnio—, un solo viaje no permite hacerse con ella al cien por cien, se escapan ambientes, personajes, citas históricas, vidas de difícil trayectoria — insistía Juan—. Mi problema es también que he tenido que dejarla varias veces y cuando la recupero, me cuesta seguir la trama.

— Pero leerte setecientas páginas un par de veces para poder adéntrate en la narración…. ¡Es un palo! — fue el concluyente dictamen de Jorge.

— No, no es necesario — aclaró Juan—. Lo que vengo a decir es que, como los buenos platos tradicionales, —esos que hay en cada país y en cada una de sus zonas, los que hacían nuestra abuelas—, que son lentos de digerir, a Shaly hay que tomarla sin prisas pero sin pausas, que no se enfríe demasiado, masticando bien y saboreando cada bocado. ¿Sí? — Buscó la afirmativa complicidad de sus compañeros en el parangón.

— Eso si lo que hay en el plato te gusta — le respondió Jorge.

— Sí, claro. Ha de ser de tu gusto. Si no, no hay que pedirlo — se rio Juan.

— Pues yo me la he leído un par de veces de arriba a abajo y además  en una tablet. ¡Y antes de que fuera publicada! — confesó Carmen—. Reconozco que me metí de lleno en ella, quizás porque sé de amigos que han vivido experiencias similares, al menos con un cierto parecido.

— Gracias a ti corregí  algunas frases y bastantes gazapos ortográficos — me apresuré en afirmar.

Carmen había intervenido amistosamente en la corrección de las primeras pruebas, cuando el autor ya se muestra incapaz de distinguir palo de bastón, ciego de tanta letra y aturdido por los tiempos de los verbos,  y necesita de alguien ajeno que le diga los sobrantes y faltantes, las redundancias o incoherencias.

— ¡Cuidado! , que os quede claro que a mí me gusta — se definió Jorge—. Lo que he dicho es en la confianza que tengo con  Jesús. Tu sabes —se encaró conmigo— que soy una persona muy ordenada y meticulosa en mi trabajo. Cuando leo, me gusta hacerme con lo que se quiere expresar, quiero controlar todos los hilos y saber bien cuál es el camino.

— Pues átate los machos, que se dice en tu tierra — fue Juan quien le contestó bromeando— porque a Shaly hay que rumiarla: una vez y después nuevamente, con lentitud, mascando con cuidado porque todo encaja en uno u otro momento.

— Jorge, ¿a ti te gustan los puzles? — preguntó Carmen. Y continuó sin esperar respuesta— Pues Shaly es como un puzle de los grandes, de miles de piezas. Es una imagen exuberante, de variados dibujos y colores, que hay que ir construyendo. Al final se podrá disfrutar de su belleza.

Quedaron por un momento sumidos en sus pensamientos, como levitando. Yo simplemente les miraba convencido de la bondad de sus razones y consciente de que esta Shaly era compleja, no para senderistas de a pie plano, sino para montañeros arriesgados —la metáfora de Carmen—, o si preferían, destinada a navegantes de alta mar antes que a usuarios del agua dulce de plácidas piscinas.  Sabía, por los datos que iba recibiendo, que los lectores superaban bien sus primeras páginas. A partir de ahí, la travesía estaba — me atrevía a pensar— más que asegurada. No en un santiamén, pero sí hasta el final.

De la Banda Sonora: Shaly J 026_149_Georgia on my mind – Oscar Peterson

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SHALY, Jm Real Lluch (01)

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Shaly_SebyJones 034.1_175 Beethoven – Piano sonata nº 31 III mvt – Christoph Eschenbach Anthía Tafarell Anthía Tafarell

No estaba enamorada y no recordaba en verdad haberlo estado nunca. Tuvo eso si en la universidad algún que otro escarceo, pero nunca en plan ni tan sólo algo formal, ni siquiera como amigo serio, que era la denominación semioficial de los novietes* por la época. Desde muy niña que intuía, temerosa, una clara preferencia por la compañía amable de sus amigas antes que la ruda y prepotente seguridad de los amigos, siempre pavoneando y a la teórica caza de la hembra. Había visto cómo sus compañeras de adolescencia iban cayendo una a una, y hasta alguna de ellas ya iba camino de ser madre.

Pensaba en ocasiones que ella quizás fuera diferente, ya que no sentía en sus entrañas, léase corazón o mente, la imperiosa necesidad de parir. Quizás es que no se le había aparecido aún el hombre de su vida y que eso ya llegaría. No le daba excesiva importancia, preocupada más en estos momentos en su propia carrera como concertista. A fin de cuentas, ahora y desde hacía muchos años, —y posiblemente por muchos años también en tiempos venideros—, su vocación, su tiempo, en definitiva su alma estaba concentrada en los dedos, las partituras, las cadencias y la interpretación.

Sostenía una relación intensa con el instrumento desde que la memoria reflejaba sus años infantiles, con aquella profesora tipo institutriz, pero magnífica educadora, que en Barcelona le enseñara las primeras notas, la posición de las manos, el talle erguido, a sentarse adecuadamente. Su abuela tenía un enorme piano de media cola en casa, herencia de no sabía quién, y por tanto le era familiar desde el nacimiento. A los tres años ya jugueteaba seriamente con las blancas y negras y se esforzaba en atender y entender. Desde siempre, con el apoyo incondicional de su abuelo, la condescendencia activa de su abuela, y el beneplácito complacido de su padre, se había dedicado al piano varias horas al día, tanto en casa como en la escuela, destacando siempre en ello. Durante su niñez pensaba que no debía condicionar su futuro al teclado, e imaginaba ir por la vida de permanente amateur. No tardó demasiado, después de meses de mucho dudar infantil y quizás fascinada por el embrujo diabólico de los vertiginosos dedos de alguien de quien no recordaba ni nombre ni pieza, accedió abrazar el credo concertista sin saber que ello la obligaría a renunciar a su libertad sujeta a la esclavitud del instrumento. Eso supuso empezar a trabajar seriamente de ocho a diez horas diarias, un trabajo persistente y muy duro que le había permitido finalizar el viaje —era un decir muy sujeto a provisionalidad— desde su Barcelona natal hasta Boston pasando por Londres y estancias en Moscú, aparte de dispares períodos en escuelas y centros de mejora y perfeccionamiento.

Mantenía contacto con su abuelo con relativa frecuencia pero siempre de modo muy exclusivo y positivo —algunas veces casi a diario, él en España, ella en Estados Unidos o en el resto del mundo— gracias al chat, esa herramienta tan útil para las comunicaciones entre ambos lados del océano, siempre a una hora que fuera fácil para uno y otro. De vez en cuando un correo electrónico. Ambos eran parcos en palabras: las necesarias para saberse bien. Ella le daba noticia de sus progresos, cómo marchaba, dónde actuaba y para quién; y él invariablemente le decía que siguiera adelante, que no se preocupara y que ‘iba haciendo’, esa expresión que supone invariablemente una de dos, o que la vida sigue igual de monótona, aunque con un discurrir algo más lento, o bien que las cosas van viento en popa y hay que disimular los progresos. En su caso, con la letal enfermedad declarada y ya a su edad, solo y rodeado simplemente de sus recuerdos, suponía que la primera interpretación era más correcta que la segunda. Pero ambos disimulaban las mutuas tristezas provocadas por sus soledades y se esforzaban en decirse palabras amables, de ánimo y esperanza, junto con las consabidas promesas o deseos de verse pronto, viajar el uno al otro y pasar unos días juntos en cuanto el piano lo permitiera o los achaques dieran algo de tregua. Su relación personal con Marçal había sido imperfectamente perfecta dada la diferencia de años y la distancia de hábitats. Eran en el fondo como dos gotas de agua, aunque aparentemente pudieran no parecerlo. A pesar de la extrañeza de todos, siempre le había llamado por su nombre, muy rara vez como iaio o abuelo. En eso salía a su padre y posiblemente la práctica le venía de antaño, pero nunca había utilizado los apelativos cariñosos que alguna vez recordaba haber oído a su padre, quizás por existir esa gran diferencia de edad y la permanente distancia que impedía adquirir la confianza para ello. Una incógnita de continuo en su alma: el hecho de no haber conocido a su madre Adela. Parto y fallecimiento siempre fueron considerados temas tabú por toda la familia. Barruntaba qué pudo haber pasado, pero nunca llegó a averiguar la verdad, si es que alguien la conocía. A su corta edad de ni cinco años, cuando el mundo aún no existe y como mucho correteas por el patio de la escuela y en su caso juegas trabajando intensamente las corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas, había asistido al fallecimiento de su padre, a quien siempre quiso y admiró a pesar de verle poco y muchas veces con mohína mirada fruto de la soledad obligada por la ausencia de su esposa, pero que de continuo la había animado a seguir y esforzarse, a luchar y no dejarse doblegar por circunstancias ni desgracias. Más tarde contempló el lento adormecer de los sentidos y conocimientos de su abuela Mercedes, ella siempre tan elegante y bien puesta. El hecho de que largas etapas fueran de convivencia mutua en Londres la había permitido advertir las progresivas deficiencias en su comportamiento. Hasta que Marçal capituló en su empeño estadounidense y regresaron ambos definitivamente a Barcelona, en donde Mercedes fue apagándose como cirio que se queda sin cera. Tenía doce años cuando su abuela marchó. Recuerda que no pudo asistir al entierro porque la disciplina de las clases se lo impidió, —y a su edad eso era más importante, consideraron—, pero si programaron viajar con Duggie aquel verano para visitar a Marçal en memoria de su abuela.

De Londres a Paris y en el Charles de Gaulle, como quien dice a pie de escalerilla, en la misma sala de ‘Salidas’ del aeropuerto fue el mismísimo Marçal quien les recogió —un buen pretexto su reunión en la capital francesa con algún colega— para llevarles hasta Barcelona. La ida la hicieron casi por la costa atlántica: Marçal quería ver Normandía, la segunda gran guerra en su infancia, y recorrer las lomas en plenitud de los viñedos bordeleses y sus alrededores, curiosa excusa para tomarnos unas breves vacaciones. De regreso —nuevamente los tres, porque quiso devolverles hasta París en el retorno a Londres— se le fijaron un par de días maravillosos en la capital: su Sena, y la Torre Eiffel, ¡Inolvidable! ¡A los doce años! Fue una semana para quedar cincelada de por vida en la que su conciencia pegó un estirón y descubrió nuevos caminos de futuro, por ejemplo el jazz, el secreto amor de Duggie, gracias a las paradas que hicieron en Marciac.

Por tanto no era de extrañar que el instrumento y los estudios hubieran sido desde niña su principal objetivo, aquello que depende únicamente de su propia valía y esfuerzo, lo que no puede morir si no muere ella misma. Sólo le había quedado Marçal, el iaio en la distancia, siempre volando alto, haciendo gala muda de su veteranía, un rendido seguidor y cariñoso entusiasta, entrenador duro y severo, mano de hierro en guante de seda. Y claro está, Duggie allí en Boston y su madre en Londres, su teórica familia más próxima y real. A Nora la conoció en un concierto común. Se gustaron profesionalmente, más tarde las miradas se entrecruzaron tímidamente y nació algo más que una amistad. Aun respetando la independencia de cada cual, procuraban estar juntas. Era su amiga y confidente, la pareja que le daba dulzura y seguridad a un tiempo, que escuchaba y brindaba una sonrisa en los momentos difíciles. Nora era, al menos por el momento, punto y aparte.

Marçal siempre la llamaba antes de los conciertos, a pesar de la diferencia horaria, que además podía ser aún más incómoda en función de que el concierto fuera en el Pacífico o en el Atlántico. El de hoy empezaba ya dentro de nada, a las 7:30 de la tarde, hora local, y se estaba retrasando. Iba a tener que salir a escena, sin oírle, No era lo habitual y tampoco hubiera sido preocupante en épocas normales. No era aún un anciano ni siquiera a sus setenta y cuatro años, y a él le gustaba presumir de ello, y de memoria, aventuras, batallas y sueños. Pero estaba en la antesala del término por culpa de esa inhabitual metástasis declarada cuando todos —posiblemente excluido el propio interesado— estaban convencidos que la larga enfermedad, eufemismo convencional, había sido vencida. Quizás, siendo sábado, no podría ser puntual a la cita.

Sonaron los timbres. Desde bambalinas el magnífico Steinway de cola entera, desde hacía años con los Sons incorporados, lucia magnífico. Como siempre, mientras la presentadora a telón corrido la presentaba al auditorio, revisó mentalmente el orden de las partituras. Se sabía, como buena concertista que era, el programa de memoria. Había dispuesto una composición de entrada que suscitaría la atención del público. Empezaría, haciendo dedos con una pieza de compositor relativamente joven, conocido pero no consagrado, en este caso The games, de la siberiana Marina Shmotova, porque desde que estudiara en Moscú y descubriera los compositores rusos se había entusiasmado con su música. Marina había sido alumna de Nikolai Peiko y presidia el Berinsky Music Club de Moscow. Anthía la había conocido en uno de los cursillos de perfeccionamiento. Desde que pudo elegir acostumbraba a acompañarla siempre que podía al igual que alguna composición de la ucraniana Polevá, o los rusos Rosenblatt y Vustin, amén de algún otro con quien una que otra vez había entablado relación profesional, siempre como alumna. Comprobó que algo español estaba incluido en el programa, y por tradición una composición referente a Catalunya, su patria chica, ‒ “el meu país”, que acostumbraba a decir ‒, y ahí estaba el Capricho Catalán de Albéniz. Seguiría Debussy y su Suite Bergamasque, con el conocido Claro de Luna, para enamorar al público. A continuación los tres nocturnos Liebesträume de Liszt y finalmente unas pinceladas del Maestro, digamos que un Chopin en media hora, incluyendo una selección forzosamente breve pero cuidadosa de sus obras más conocidas, para terminar con el Estudio Opus 10 Numero 12 in C, el llamado Revolucionario, que con seguridad conseguiría junto con la Fantasia Impromptu, la última pieza, el entusiástico favor del público.

Todo este resumen en su cerebro, todo listo para empezar, tranquilizando el ánimo porque la presentadora ya ha finalizado y la sala respondía cortésmente con un aplauso la introducción. El telón desapareció y dio paso al escenario con un solitario piano en el centro bajo una única iluminación cenital. Los asistentes en silencio, a la espera. Anthía juega un instante con sus dedos. Se otorga el visto bueno. Está lista.

Al iniciar el avance al escenario, la detiene Duggie. Le entrega un teléfono.
—From Spain —le informa.
Anthía toma el móvil presintiendo lo peor, aunque lo normal era que al otro lado estuviera Marçal, como en cada noche de concierto.
—Sí, soy yo.
Escucha atentamente, se transmuta, agradece la llamada con breves palabras y cuelga. Devuelve el aparato a Duggie. Se oye alguna tos y suaves cuchicheos en la sala. El brillante
instrumento resplandece iluminado por los focos cenitales. La gente se remueve. La presentadora inquiere a Duggie con un gesto de la cabeza, sin obtener respuesta.
— ¿Algún contratiempo? —se inquieta Duggie, que duda entre su inglés nativo y el español que va practicando.
Conoce bien la expresión de Anthía. El pronunciamiento de las comisuras de los labios, la mirada extraviada, el gesto encogido. Alguna mala noticia con seguridad.
—Anthía, ¿qué ha pasado? ¿Qué problema hay? —Duggie se le acerca por la espalda y la obliga a girarse.
Anthía calla. El insiste, le alza la barbilla, ninguna lágrima en su rostro. Quizás un amago, porque los labios pugnan por mantener inaudible el sollozo. Anthía alza una brillante mirada verdiazul*…

Shaly_SebyJones 034.1_175 Beethoven – Piano sonata nº 31 III mvt – Christoph Eschenbach

Concierto en el Seby Jones (Raleigh, USA)
Diciembre 2014Título original: SHALY
Primera edición: Octubre 2015
© 2015, Jm REAL LLUCH
© 2015, megustaescribir
ISBN: Tapa Blanda 978-8-4911-2131-2
ISBN: Libro Electrónico 978-8-4911-2132-9

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SHALY

En Facebook, página de SHALY (novela)

Título original: SHALY
Primera edición: Octubre 2015
© 2015, Jm REAL LLUCH
© 2015, megustaescribir
ISBN: Tapa Blanda 978-8-4911-2131-2
Libro Electrónico 978-8-4911-2132-9

 

Del autor

Mi agradecimiento a las opiniones vertidas por unos pocos amigos —
masculinos y femeninos: sigamos las reglas gramaticales de la Real
Academia Española, aunque uno sea un simple aficionado— que han
tenido la paciencia de leerse los sucesivos borradores de este relato.
De todos he extraído alguna mejora y todos en general han coincidido
en la crítica de considerarlo excesivamente largo. Lamentablemente,
tras mucho esfuerzo, el ahorro en páginas ha sido insignificante.

Ésta es una novela de ficción basada en aconteceres históricos,
algunos tan lejanos que se remontan a los principios del segundo
milenio (monasterios cistercienses, condados carolingios y Reino de
León) y otros tan próximos como pueden serlo el asedio a Sarajevo
durante el primer quinquenio de los años noventa o el llamado
‘proceso catalán’ de plena actualidad. Está claro que no se trata de
la biografía de nadie en particular. Como me ha sido apuntado, puede
que sean en realidad dos las crónicas: la de Marçal Tafarell —médico
traumatólogo— y la de su nieta Anthía Tafarell —concertista de
piano—, huérfana a muy temprana edad. Pero el nexo de unión entre
ambas es precisamente Shaly y el interés que provoca en la nieta
descubrir su presencia y la estrecha relación afectiva con su abuelo.
Sin Shaly no hubieran existido ni la primera ni la segunda. No habría
novela.

La descripción de escenarios dispares son pinceladas de color
que ayudan a conformar los diversos personajes: las corrientes
migratorias entre Castilla y Cataluña, los efectos de la Guerra Civil
y posterior Dictadura, los matrimonios de conveniencia de parte
de la burguesía catalana, los riesgos de ejercitar la medicina en
algunos países africanos tras su independencia, el contacto, amistad
y colaboración con representantes sujetos a disciplina soviética, las
sinrazones y sufrimientos de guerras étnicas en países sin petróleo
que repartir, el colorido de las fiestas nicaragüenses de Altagracia
y Ometepe, la nostalgia por los pasos andados, la pasión por la
música en general y particularmente por la clásica y el jazz. De la
placidez del paisaje pirenaico —Andorra y la comarca del Urgellet
(Lleida) — se llega al dinamismo de las grandes ciudades y centros
hospitalarios de New Hampshire (USA), sufriendo la crueldad sin par
de los conflictos humanos o los desastres provocados por huracanes
tropicales, deteniéndose en los Alpes suizos para contemplar sus
soberbios cuatromiles* o disfrutando de un breve paseo por Avignon
(Francia) mientras se escucha su famosa canción infantil.

Todo eso —y la propia impericia de quien escribe— ha dificultado
reducir la narración a extensión más estándar y con seguridad más
comercial. Por contra he evitado extenderme en profundizar en la
saga de los Tafarell, desarrollar la de los Bennaser —los judíos
sefardíes que huyeron de la Alemania pre-nazi y se establecieron en
Suiza—, cavilar sobre los hechos e ideas del ingeniero y economista
medioambiental catalán —quien anhela la independencia de
Cataluña— o investigar los antecedentes del enigmático español —
de formación alemana y ascendencia bosníaca, el tal Marko— que
en su día ‘trabajó’ infiltrado en la República Democrática Alemana
hasta la caída del muro. Puede que algún día vean la luz.

A pie de página (numeración latina) se encuentran aclaraciones
al texto y los enlaces o links para la audición de las diferentes piezas
musicales (clásica, jazz y otros) que lo iluminan, las cuales podrán
encontrarse buscando Anthía Tafarell en YouTube —también Shaly
JmRealLluch— o bien solicitándolas a atafarell93@gmail.com. Al
final de la novela (numeración romana) las notas de divulgación, citas
literarias y justificación de datos y afirmaciones destinadas a aquellos
que quieran curiosear, conocer o verificar el contenido. Asimismo se
ha añadido un listado de personajes (principales y secundarios) que
ayuda a la comprensión de la obra, además de otro referido a siglas
y acrónimos que permite conocer el significado de los mismos. Se
advierte que un asterisco (*) significa que el término así identificado
no consta en el Diccionario de la Real Academia Española (Drae) y
dos (**) que dicho término no consta en el Drae, pero si es admitido
en el Diccionario de Uso del Español (Due) de Maria Moliner. Confío
en que podrán serle excusados a este profano tales atrevimientos
literarios.

La trama es compleja. La narración avanza y retrocede en el
tiempo —de ahí el titular cada capítulo con el año en que sucede— y
es preciso prestarle atención. No es lectura de corrido, como ya me
advirtió más de uno de los leyentes** previos, y en algún caso hay
que releer o retroceder para comprender y seguir el argumento. Pero
no se da puntada sin hilo: todas las piezas acaban encajando como
sorprendentemente ocurre en la vida real con el complejo puzle
que entraña cualquier existencia, especialmente de contemplarse
transcurridos años de su eclipse total.

Por remate: el estilo es el que es y de él solamente soy yo el
responsable. Quizás se llegue en ocasiones a tener la sensación de
estar ante una mera exposición de hechos sin o poco valor literario.
De seguro —no ‘de bien seguro’, traducción del catalán ‘de ben
segur’, que fue mi intención primera al redactar este introito—
de seguro, repito, podrían mejorarse conectores y otros muchos
aspectos del lenguaje y la expresión; pulir el estilo, que se dice y
me han propuesto. Un corrector cortaría, lijaría y bruñiría el escrito,
mejorándolo sin duda alguna. Pero… sería otra Shaly.

@JmRLluch

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Comunicado del Colectivo Wilson ante las Elecciones del 27-S (traducción del catalán)

27-S  2015, Elecciones al Parlament de Catalunya

http://wilson.cat/ca/comunicats-conjunts/item/243

Septiembre 2015

1 / Los miembros del Colectivo Wilson decidimos ahora hace casi tres años “unir esfuerzos para contribuir que los ciudadanos de Cataluña tengan la oportunidad de decidir su futuro libremente, sin miedo ni amenazas, y con la mejor información posible”. Este comunicado ha sido pensado y escrito con este mismo objetivo.

Un principio irrenunciable: decidir libremente

2 / El Colectivo Wilson entiende, en primer lugar, que el derecho de autodeterminación es un derecho fundamental de cualquier nación y, por lo tanto, también de Cataluña, y constata, en segundo lugar, que una inmensa mayoría de los catalanes y catalanas y una gran mayoría del Parlamento de Cataluña ha defendido insistentemente la posibilidad de determinar democráticamente su forma de organización política.

3 / Es evidente que, idealmente, este derecho democrático de decidir sobre el futuro de una nación tendría que haber sido ejercido mediante un referéndum acordado por el Estado español y la Generalitat dentro de un pacto que incluyera el compromiso explícito de ambas partes de negociar y aplicar los resultados de la consulta desde el respecto a los intereses legítimos de cada banda.

4 / A pesar de que la constitución española establece varios mecanismos para realizar un referéndum y a pesar de que hay precedentes claros en el ámbito internacional en este sentido (como por ejemplo la opinión del Tribunal Supremo del Canadá sobre el caso del Quebec y el acuerdo reciente entre los gobiernos de Escocia y del Reino Unido), la celebración de un referéndum sobre el futuro de Cataluña no ha sido posible ante la negativa tajante y reiterada del gobierno de España a convocarlo o autorizarlo.

5 / Esta negativa ha abocado a las instituciones catalanas a llamar los ciudadanos de Cataluña a expresar su opinión sobre el futuro político y la posible independencia de nuestro país mediante las elecciones al Parlamento de Cataluña el próximo día 27 de septiembre.

6 / Una alternativa posible a la independencia sería esperar que España se reforme. Hay muchas razones, pero, para temer que esta posible reforma no nos sea beneficiosa debido a las dinámicas políticas españolas. Los incentivos electorales que han traído al actual sistema económico y de financiación regional son difíciles de cambiar. La distribución geográfica de funcionarios (y sus votos) también está fijada. Y tampoco cambiará la geografía del país que ha traído la estructura radial de infraestructuras de transporte en detrimento del corredor mediterráneo. Dicho de otro modo, es en propio beneficio del votante mediano español que se han decidido e implementado las políticas que hemos sufrido. Y por lo tanto el votante mediano español no tiene ninguna razón para cambiarlas. De hecho, las encuestas en España reflejan una preferencia creciente (no menguante) a una recentralización por parte de los votantes españoles. Hay que recordar que los catalanes representamos aproximadamente el 16% de los votantes de España y, en este sentido, nunca podremos por nosotros mismos cambiar ni las leyes ni las reglas del juego del Estado español. Quienes defienden la opción de esperar que el Estado se reforme tienen que explicar por qué razón prevén que una España reformada tratará Cataluña equilibradamente o por qué razón las preferencias e intereses de los ciudadanos de España, de repente, se alinearán con los de los catalanes.

7 / Ante la trascendencia, tanto por España cómo por Cataluña, de estas elecciones, entendemos que todas las partes interesadas tienen que informar a los ciudadanos de Cataluña sobre los riesgos y las oportunidades, los costes y los beneficios que plantean tanto el establecimiento de Cataluña como estado independiente como el mantenimiento de la situación política y económica actual. En este proceso de información (y de deliberación colectiva), tanto los partidarios de la secesión como los sectores e instituciones favorables a mantener el statu quo tienen el derecho a defender sus intereses legítimos, a enfatizar los beneficios de la opción que defienden, y a subrayar las desventajas o perjuicios de la alternativa contraria. A la vez, pero, tienen la obligación de respetar el proceso de deliberación libre y racional que caracteriza toda democracia avanzada y, en este sentido, tienen que informar de manera transparente, con veracidad, a los ciudadanos, sin recurrir a las amenazas y a las coacciones. En este sentido:

a) Continuamos constatando, como ya lo indicamos ante las elecciones de 2012, que algunos medios de comunicación, partidos políticos, economistas, fundaciones cercanas a partidos políticos y analistas han puesto en marcha campañas de desinformación e intoxicación sobre las verdaderas consecuencias de un hipotético estado catalán. A menudo estas campañas se hacen presentando estudios supuestamente académicos, datos supuestamente científicos y análisis supuestamente imparciales. Creemos que la mayor parte de estas predicciones y argumentos no resisten un escrutinio sistemático.

b) Observamos con gran preocupación que el gobierno de España ha enfatizado una campaña basada en la amenaza, esto es, en el anuncio de represalias contra Cataluña, sus instituciones y sus votantes en caso de haber una mayoría favorable a la independencia – estas amenazas, algunas explícitas y otras implícitas, incluyen cerrar las instituciones catalanas, aislar Cataluña internacionalmente, etc. Esta estrategia del miedo atenta contra un principio democrático básico: respetar el derecho de todo ciudadano a decidir libremente y sin coacciones. Esta estrategia es, además, políticamente y económicamente poco creíble porque en caso de llevarse a cabo tendría consecuencias negativas sobre el conjunto de los ciudadanos españoles.

Beneficios de la independencia

A la hora de evaluar los beneficios y costes de una posible independencia de Cataluña, hay que distinguir entre los efectos (negativos y positivos) a medio y largo plazo y los costes de transición a corto plazo. En los puntos 8 a 11 examinamos los primeros efectos. En los puntos 12 a 18 analizamos los costes de transición.

8 / Es indudable que una Cataluña independiente sería viable políticamente y económicamente. Más de la mitad de los países soberanos del mundo tienen una población inferior a la catalana. Además, Cataluña es un país relativamente rico, con un nivel de renta per cápita bastante elevado (por encima de la media de la UE), con una economía competitiva, diversificada y abierta al mundo, con empresas modernas e innovadoras, universidades y científicos de primer nivel mundial y dotado de una estructura institucional y administrativa preparada para gobernar el país con plena soberanía.

9 / La independencia de Cataluña tendría consecuencias económicas claramente positivas a medio y largo plazo. En primer lugar, eliminaría un déficit fiscal muy grande y persistente – este déficit es el que ahora obliga la Generalitat a endeudarse para hacer frente a las obligaciones de gasto. En segundo lugar, capacitaría al gobierno de Cataluña a tomar decisiones estratégicas clave que afectan el potencial productivo y el bienestar de sus ciudadanos en un mundo globalizado (políticas de protección social, pensiones, infraestructuras, educación, energía, ocupación, investigación, innovación, competencia empresarial, transportes, protección ciudadanos, fiscalidad, lucha contra la corrupción, etc.). No creemos ni estamos diciendo que los dirigentes políticos de una Cataluña independiente serían más capaces que los que ahora toman decisiones en España. Lo que sí creemos es que los catalanes tenemos preferencias e intereses específicos que son diferentes de los españoles y, en este sentido, cualquier política uniformadora en todo el estado es menos beneficiosa para los ciudadanos de Cataluña que una política diseñada desde Cataluña y teniendo en cuenta los intereses y las preferencias de los catalanes. Un ejemplo de esto es la ley de pobreza energética catalana que prohibía a las empresas de energía cortar el suministro de luz y gas durante los meses de invierno a los hogares con menos recursos, una ley que el Tribunal Constitucional español suspendió porque no se podía permitir que los pobres de unos territorios (como Cataluña) estuvieran protegidos y los otros territorios (España), no. Otros ejemplos los encontramos en la política lingüista en las escuelas (ley Wert) o a las inversiones en infraestructuras, que tienden a hacerse radialmente y no con criterios económicos que beneficiarían a los catalanes.

10 / La independencia constituiría, además, una oportunidad de acabar con estructuras institucionales y económicas ineficientes y para establecer reglas de juego nuevas que permitirían hacer de Cataluña un país atractivo para la creación de riqueza y su goce.

11 / En este contexto de mayor soberanía política y económica, es indudable también que el gobierno de Cataluña podría hacer frente a las obligaciones propias de un estado de bienestar avanzado – especialmente el sistema de pensiones. Cómo es muy sabido, el sistema de pensiones actual se alimenta directamente de las cotizaciones de los trabajadores. Tanto por el perfil demográfico como por el mercado de trabajo catalán, estas cotizaciones (y por lo tanto el pago de pensiones) serían más seguras en Cataluña que en el conjunto del estado español. Esto es el que demostramos en nuestro trabajo “La Independencia y Pensiones: La Mentira Más Innoble”.

Costes de transición

12 / Es normal preguntarse si los costes de la transición a un Estado propio podrían ser más altos que los beneficios que se disfrutarían una vez hubiera sido plenamente reconocido y operara como cualquiera otro país normal en el marco de la UE y dentro del área del euro, y generar un balance limpio negativo. En este sentido creemos adecuados las siguientes consideraciones:

a) Si hay voluntad política, no hay ninguna razón objetiva que impida la continuidad de facto de las relaciones económicas y financieras con el resto de Europa, en todos los ámbitos. Esta continuidad es en el interés económico de todas las partes implicadas y su coste sería mínimo.

b) Cualquier impedimento significativo a esta continuidad sería por lo tanto el resultado de una decisión política deliberada, y podría representar costes económicos significativos para todas las partes. La única motivación sería la de castigar los catalanes para querer cambiar, de forma democrática y pacífica, su marco político. No hay que decir que el Estado español seria el más perjudicado, puesto que difícilmente se podría producir una negociación de buena fe sobre el reparto de la deuda del Estado español en un contexto de intransigencia y hostilidad política.

13 / Hechos estas consideraciones generales, hay que considerar tres ámbitos fundamentales: los flujos comerciales con España, el mantenimiento del euro, y la pertenencia a la Unión Europea.

14 / Cataluña vende al resto de España un 19% de aquello que produce. Un proceso de independencia podría reducir el comercio entre Cataluña y el resto de España a corto plazo debido a un boicot deliberado de los productos catalanes. ¿Qué efectos tendría esto por la economía de Cataluña? A la hora de calcular los efectos comerciales de la independencia a menudo se olvidan cuatro factores fundamentales. Primero, hay que imaginar que habría una mayor propensión al boicot por los bienes de consumo que por los bienes de capital o intermedios y los datos de exportaciones catalanas muestran que sólo un tercio (1/3) de las exportaciones catalanas están asociadas con bienes de consumo. Segundo, se hace difícil pensar que los consumidores y empresas españolas hicieran boicot a las empresas multinacionales localizadas en Cataluña (que aportan un 40% de la facturación manufacturera catalana) porque sería difícil distinguir si los productos de estas empresas provienen de Cataluña u otros lugares y porque los mismos españoles no querrían perjudicar las empresas de sus socios europeos. Tercero, un boicot de productos catalanes tendría consecuencias gravísimas para la economía española y por lo tanto, llegado el momento, sería muy costoso para el resto de España llevarlo a cabo. Cuarto, los bienes catalanes que no se pudieran vender al resto de España no se lanzarán a la basura, sino que se redirigirían (ciertamente a precios reducidos o con costes más elevados) a mercados alternativos. En base a estos factores, en nuestro comunicado “Dos más dos son mil. Los efectos comerciales de la independencia” calculamos que los efectos comerciales de la independencia difícilmente superarían el 1% del PIB catalán.

15 / Ningún artículo de los Tratados europeos determina la expulsión de la UE en caso de constitución de un nuevo estado por parte de un territorio que ya forma parte de la UE. De hecho, hay que recordar que los propios Tratados, a su artículo 50, exigen un proceso de negociación y el consenso de las partes implicadas para permitir a un estado miembro de la UE salir de la Unión, con el objetivo de minimizar los costes de esta separación para las partes. Por lo tanto, la decisión sobre el tratamiento en Cataluña será política. Las decisiones políticas de la UE se han caracterizado por su pragmatismo, es decir, por intentar garantizar lo mejor posible la continuidad de los derechos y obligaciones de los ciudadanos europeos y preservar dentro de lo posible la estabilidad económica y financiera. Durante la crisis reciente, incluso se han llegado a violar algunos de las normas básicas de los Tratados europeos, como el principio de “no rescate” y el de “no monetización de la deuda,” con objeto de evitar el colapso financiero de algunos países miembros, que habría tenido consecuencias graves al resto de Europa. La resolución del reciente episodio griego, después de las amenazas de expulsión del euro si lo “no” triunfaba al referéndum, es otro buen ejemplo.

16 / En el caso de Cataluña, la UE podría garantizar la continuidad de los derechos y obligaciones económicas de los ciudadanos catalanes y de aquellos con quienes se relacionan económicamente (y, específicamente, la libre circulación de mercancías, personas y capitales) sin tener que vulnerar ningún Tratado.

17 / Lo mismo podemos decir del euro, que podría continuar siendo utilizado en Cataluña, garantizando la continuidad del actual régimen de supervisión y acceso a la liquidez del sistema bancario, mediante un acuerdo monetario como el que tienen Mónaco y otros microestados, pero adaptado a las circunstancias específicas del caso catalán, que incluyen el hecho que ha adoptado el euro desde sus inicios y del deseo de formar parte eventualmente del Eurosistema como miembro de pleno derecho (y, como tal, de participar a sus instituciones). Este acuerdo tendría que garantizar plenamente la estabilidad financiera, en el interés de todas las partes, incluida la española, teniendo en cuenta que Cataluña representa una parte muy importante del mercado de varias entidades financieras sistémicas, así como de la acumulación de grandes cantidades de deuda pública del Estado español por parte de estas entidades durante estos últimos años. De hecho sería suficiente, desde un punto de vista formal, continuar tratando Cataluña como parte del Estado español durante el periodo de transición y formalizar el reconocimiento del nuevo estado y su adhesión de forma simultánea. Alternativamente, Cataluña podría quedar “formalmente” fuera de la UE transitoriamente, pero estableciendo un acuerdo que garantizara la continuidad de las relaciones económicas, financieras y monetarias durante la transición.

No hay ninguna norma ni principio legal a los Tratados europeos que impidan esta vía, que claramente sería la que protegería mejor los intereses de todas las partes implicadas, incluidos los de las empresas y bancos españoles, así como las numerosas multinacionales (muchas europeas) con intereses significativos en Cataluña.

18 / Cualquier coste eventual de la transición al Estado propio seria, por definición, temporal. Los beneficios mencionados más arriba serían, en cambio, permanentes. Por lo tanto, el balance limpio de la independencia de Cataluña en el terreno económico es función, en último término, del peso que nosotros, los que tenemos que decidir ahora, damos a nuestro futuro y el de nuestros hijos. Si este peso es significativo, pensamos que la independencia de Cataluña será buena por nuestro país, también en el ámbito económico.


Los miembros del Colectivo Wilson analizamos y contrastamos trabajos, estudios y afirmaciones presentadas a diferentes medios y a difundir nuestra opinión en nuestra página web (www.wilson.cat) y a nuestra cuenta de Twitter (@col_wilson).

El Colectivo Wilson no acepta ayudas, subvenciones ni patrocinios de ninguna institución, pública o privada.

Pol Antràs, Doctor por el MIT y Catedrático de Harvard University
Carles Boix, Doctor por Harvard University y Catedrático de Princeton University
Jordi Galí, Doctor por el MIT y Director del Centro de Investigación en Economía Internacional
Gerard Padrón y Miquel, Doctor por el MIT y Catedrático de la London School of Economics
Xavier Sala y Martin, Doctor por Harvard University y Catedrático de Columbia University
Jaume Ventura, Doctor por Harvard University e Investigador Sénior al Centro de Investigación en Economía Internacional

@JmRLluch

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De la independencia (de Catalunya). To be or not to be. That’s the question.

No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni sordo mas sordo que el que no quiere escuchar. Está claro que las leyes no lo permiten. Y para mí tengo MUY CLARO que NUNCA los partidos nacionales españoles se permitirán perder la aportación económica de Cataluña. ¿Que nos quieren mucho? Si, nuestro… ‘zumo’. Todas las independencias han sido conseguidas EN CONTRA de las leyes de sus países. Incluidas las de los países africanos, quizás la que más la de Angola, por no hablar de los Congo, por ejemplo. Después cayeron una por una por una, todas, pero quedándose los gobiernos coloniales todos los derechos económicos (y allá se ‘moja’ a los que mandan, y mucho).

¡Cataluña no es una colonia!, me diréis. No en sentido jurídico, pero fue conquistada por las armas y cortados los cuellos de los que mandaban y quedaron. ¿Tenemos que aceptar ‘derechos de guerra, de conquista’? ¿En qué mundo estamos? Tan sólo en los últimos decenios hay una independencia conseguida sin lucha y ‘de acuerdo’ las dos partes: Chequia y Eslovaquia. pero es que Eslovaquia (la que se quería independizar, digamos la ‘Cataluña’) se llevaba el 7% del PIB checoslovaco. Para los checos, aún haciendo el papelón, soltar el ‘muerto’ de Eslovaquia era un buen asunto: más dinero por ellos. En nuestro caso es lo contrario: soltar Cataluña les hará perder dinero (y espero que nadie pueda discutir esto). Por lo tanto, lo tenemos que hacer en contra de todo lo que digan. Después ya hablaremos, claro que sí.

¿Y Podemos? ¿Piensa alguien que Podemos hará algo además de llenarse la boca diciendo que modificarán o dejarán de modificar? ¿Y cuando su sucursal andaluza manifieste opiniones en contra y puedan perder votos por allá o en otros lugares de España? Todos son iguales, y los que sean ciegos y sordos o tengan el cerebro dormido, pues que sigan así. Pasarán mil años y siempre habrá alguien que dirá que Franco fue el salvador de la ‘patria’ y que Rajoy no nos mintió cuando las elecciones, que Iceta es un estadista (cuando dice que si a González tanto si escribe al derecho como al revés), cuándo se ve la bobalicona o irónica sonrisa de Herrera por encima del mal y del bien, ellos que también se escudan en Podemos para participar, cuando escuchamos al desnudo de Ciutadans o a la nueva (pero mas guapa) ‘Alícia’ , que ahora ven La Moncloa a tocar de dedos (al menos en unos años), y no hablemos del PP y su Sr Albiol, en plan verdugo de inmigrantes y defensor de la pureza constitucional, o su Sr. Fernández Diaz imponiendo medallas a las vírgenes…

Seguid confiando. Las migajas de la mesa ya irán cayendo y de vez en cuando los políticos centrales bajarán la mano con un poquito de carne: nosotros la podremos lamer, por si está muy caliente, y después nos permitirán comerla, pero de su mano (o quizás de tierra, que es más cómodo). ¡Y a mover la cola de alegría y agradecimiento! ¿Esto queremos para nuestros hijos y nietos? ¿Así queremos seguir estando y siendo? Ya tenemos muchos ‘durantilleides’!  Total, la historia de Cataluña está llena de ‘botiflers’.

¡Hagámoslo! Y, si no,…al hoyo, ¡que le vamos a hacer! Que cada cual vote lo que crea. Yo lo tengo claro, o Juntos o Cup, los únicos que tienen el objetivo fijado. Y me da igual si Mas está o no, si ha hecho o dejado de hacer. De momento (digan lo que digan TODOS LOS OTROS, es el único -con Ortega y Rigau- que habiendo sido coherente, por eso está recibiendo bofetadas, por hacer lo que mucha-mucha gente ha dicho que se tenía que hacer. El resto… bla-bla-bla). Un día ya no estará Mas, pero la República si que estará (si así lo queremos).

Hoy no se trata de personas, se trata de una sola idea: Si o No. Más tarde, ya vendrán las ideologías y las personas.
To be or not to be. That’s the question.

@JmRLluch

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