Archivo mensual: febrero 2016

(2) De charla en el Café Zúrich, de Plaza Cataluña (Barcelona)

SHALY en Facebook

Shaly V 002_39 Cape Verde Music Playlist – Cesaria Evora_10m

Habían transcurrido tres semanas desde aquel primer coloquio con Carmen, Jorge y Juan como interlocutores y allí estábamos de nuevo en el Zúrich de Barcelona, sentados casualmente en la misma mesa que la vez primera y aguardando las bebidas solicitadas. En la espera íbamos calentando motores con vaguedades y observaciones sobre los clientes que continuamente entraban o se sentaban en las terrazas exteriores, que el clima benigno de este primaveral invierno lo estaba permitiendo. El Café Zúrich seguía su tradición, acogiendo autóctonos y foráneos, —éstos los que más, bastaba una ojeada—, como prácticamente hiciera desde su nacimiento en junio del sesenta y dos —mil ochocientos— , primero como cantina llamada “La Catalana” para los viajeros que tomaban el “tren de humo”, —que al aire libre transportaba a los barceloneses desde el centro de la ciudad hasta Sarrià y Sant Gervasi, actualmente un distrito de la capital condal—, convertido más tarde en chocolatería hasta que finalmente un tal Serra, catalán que había trabajado en la Zurich suiza, compró el negocio y lo rebautizó con dicho nombre.

— Lo siento, llegó muy tarde — se excusó la recién llegada mientras tomaba una silla y la acercaba a la tertulia.

Todos excepto Carmen nos levantamos para saludar a Martina, persona por mí tratada, a ella y familia, durante los últimos años. Hice las presentaciones oficiales, se repartieron los besos y saludos de ritual y los quetal*, muchogusto* y lamentoelretraso* al uso en circunstancias como aquella. Se sentó entre Jorge y Juan, estratégicamente frente a Carmen. Sabía yo que Martina estaba casada y tenía un par de hijos, chico y chica, ya en edad universitaria uno y en la antesala la segunda; de Jorge y Juan, si hay que fiarse de las biografías exhibidas en los perfiles de redes sociales, que aquél —lucía flamante anillo de compromiso o boda reciente— estaba en una relación aparentemente sin hijos y del segundo que se trataba de un divorciado que vivía en pareja y que de vez en cuando, —aparte de su amor por los perros grandes—, exhibía fotos de un par de casi adolescentes que sin duda debían ser vástagos suyos, por las pintas de un primer compromiso suyo o de la compañera. Y Carmen, de la que, aun habiéndonos tratado cara a cara muy poco —por decir algo, un par de ocasiones en diez años—, sabía por nuestras conversaciones telefónicas a pie de calle que se había divorciado años antes de conocernos , no lo había vuelto a intentar, tenía nietos en Madrid y ahora disfrutaba de la agradecida compañía de Rufo y Milú, un terrier yorkshire —del que amaba la ternura de su imperceptible gesto cuando se despistaba unos segundos— y una gata de negro pelaje que en su permanente indiferencia podría pasar por una pantera en miniatura, a decir suyo.

Martina se pidió un batido de chocolate, —lo que en mi juventud, y quizás ahora también en algunos lugares,  hubiera sido el tradicional cacaolat* caliente, ya que fue aquí donde se empezó a fabricar la famosa marca en el treinta y tres, un proyecto alumbrado  en Budapest—. A Jorge le sirvieron su té y Juan se había pasado a la cerveza, en botella. Carmen, que había declinado tomar nada, rebuscaba en su bolso. Finalmente se llevó un cigarrillo a los labios.

— Si, ya sé que te dije por correo que había dejado de fumar —se justificó ante mi visible reprobación.

— No, no estoy en lo de si fumas o no, que eso es cosa tuya —le contesté—. Pero es que estamos en local cerrado.

— ¡Ay! ¡Disculpad! ¡Qué cabeza la mía! Estaba en Shaly, recordando un poco nuestra primera conversación y ni me he dado cuenta. Se me ha ido el santo al cielo.

Uno de los camareros, que ya se estaba aproximando a la mesa probablemente para advertirla, se dio media vuelta.

— Nosotros venimos de Tarragona —explicó Martina—. He dejado a mi marido por ahí callejeando. Tenía cosas que hacer — remarcó, como restando importancia a lo de callejear—. ¿Ya habéis empezado a hablar? — Y sin dar prácticamente tiempo a contestación alguna, se lanzó al ruedo —. ¿Qué opináis de Marçal? Mejor dicho —añadió dirigiéndose directamente a Carmen— ¿Cómo valoras tú, como mujer, la actitud de Marçal?

Martina, quizás porque no disponía de toda la tarde — y nadie daba por hecho que el resto si pudiera gozar de más tiempo del necesario—, atacó de entrada el rol del personaje principal con una ambigua pregunta especialmente dirigida a la otra mujer presente en la mesa. Tuve la impresión que daba por sentada la respuesta, que evidentemente coincidiría con la suya: corporativismo femenino.

— Yo pienso que sí que es verosímil que pueda enamorarse de Shaly — Medio respondió Carmen un tanto desconcertada, no atreviéndose a más y sospechando que por ahí iba la cuestión. Se figuró que Martina daría por supuesto que los dos varones —a mí no se me tenía presente cual convidado de piedra— estarían encantados de que una Shaly se enamorara de ellos, aunque dudara que la ficción condujera a la realidad. ¿Era esa la pregunta?

— No, no me refiero a la chica. —Saltó Martina. Miró por el rabillo a derecha e izquierda—. Un personaje maduro o, mejor dicho, entrado en años, siempre va a encapricharse de una muchacha de veinte y pocos.

Juan y Jorge observaban lo que ambos barruntaron pudiera ser el inicio de un interesante duelo a florete.

— Para mí que Marçal es un auténtico egoísta: le interesa más su vida que la familia, de la que se desentiende completamente, sin importarle ni esposa ni hijo ni la esposa de éste. ¿Y por qué? ¿Qué obtiene? Absolutamente nada de nada —remató Martina la tirada.

No me imaginé que se zambulliría de nuevo en ese tema de la ingratitud y egocentrismo, ya discutido por ambos durante una comida con su esposo. Pequé de ingenuo, porque con la experiencia ya vivida y su reacción hacía tan solo una semana o semana y algo, —enfrentamiento hacia mí y también hacia su marido—, debía ser consciente de que su veredicto de un ‘Marçal egoísta’ se le había enraizado profundamente. Como yo aquel día me atreví a manifestar que ‘otras mujeres’ no se habían expresado de la misma manera y con tal contundencia respecto a Marçal, aquella era su oportunidad de exponer su acerada crítica ante Carmen, por si era una de las ‘otras’. Y de ahí su tono ciertamente, no diré agresivo, pero si ligeramente belicoso.

— Pensé que te referías a…—Carmen fue cogida a contrapié—. Pues de entrada no sabría qué decirte, si sí o no. —Tras un instante le preguntó muy seriamente, acentuando los interrogantes finales—. ¿Consideras que marcharse a otro país a ayudar al prójimo, y más siendo médico, es un acto de egoísmo por el mero hecho de no recibir nada como pago? ¿Cómo un canje, una permuta? ¿Yo te doy, si tú me das?

— No discuto que alguien pueda marcharse a otros países como contribución al bien común, incluso para ganar dinero — replicó rápida Martina—. Lo que me cuesta aceptar, mejor dicho, no acepto claramente, es que lo haga y deje sola a su esposa e hijo, y éste con la mujer embarazada. Lo menos que puede esperarse de alguien es que esté al lado de los suyos cuando ingresan en un hospital. ¡Marçal prefirió salvar bosnios antes que auxiliar a su nuera! —dictó sentencia.

Conocía a Carmen de nuestras largas, interminables y siempre sugestivas conversaciones callejeras, paseando en aquellos tiempos de un lado a otro de la plaza de Pati Palau y yendo el móvil de una a otra oreja para que ambas enrojecieran a la misma velocidad. Sabía que su militancia mental se inclinaba claramente por los movimientos progresistas. Intuía de Martina —pocas veces nos habíamos adentrado en senderos conflictivos, salvo cuando surgía esporádicamente el tema del procés catalán, que confieso: ambos sin ningún contratiempo sobrellevábamos estoicamente—, intuía que  se movía en sentido contrario, sin llegar ni de lejos al rancio conservadurismo, pero sí con ribetes tradicionalistas o continuistas. Naturalmente no me era permisible ni deseable definir o encasillar a ninguna de las dos: la vida o existencia no es blanca o negra. Incluyéndolos, discurre entre ambos límites y compone un degradado multiforme de un sin par de colores variopintos, que ni siquiera permanecen con el transcurso de los años. La evolución del ser desde su niñez hasta la vejez enriquece a uno mismo y a quienes le rodean; y el reconocimiento de esa evolución en pensamientos, criterios, actitudes y comportamientos nos forzaba a besar humildemente el suelo y a rendirnos ante nuestra insignificancia.

Mi ensueño me causó sorpresa. La retórica profundidad de mi raciocinio no era habitual en mí. Ido por momentos, incorporado de nuevo a la tertulia,  tuve claro que el enfrentamiento verbal estaba servido: el sereno argumentario de Carmen con seguridad exasperaría el vehemente verbo de Martina.

Juan y Jorge se revolvían imperceptiblemente en sus asientos e iban sorbiendo con estudiada lentitud sus bebidas no atreviéndose ni siquiera a abrir boca.  Sus sentires debían tener —que no exteriorizaron— y, al igual que yo mismo, esperaban la respuesta del otro contendiente, que no se hizo esperar.

— No sé si has leído toda la novela y lo has hecho con cuidado — se atrevió a insinuar Carmen—. Que recuerde, Marçal marcha a Bosnia sin saber que la chica está embarazada. Y no se entera tampoco del parto prematuro hasta días después. Por tanto llamar egoísmo a una actuación derivada o consecuencia de la ignorancia de los hechos me parece excesivo.

— No tenía por qué viajar a un país en conflicto con los riesgos que eso supone y sin nada a cambio salvo sentirse importante, algunas palmaditas a la espalda y ponerse quizás alguna medalla humanitaria—. El tono de Martina se había endurecido. Por un momento tuve la impresión de que teatralizaba el discurso ante mí—. Seguro que sabía lo del embarazo. Existían ya entonces los teléfonos, ¿no? — Siguió razonando—. Tenía aquí un buen trabajo, gozaba de una esposa magnífica, un hijo y un futuro nieto o nieta en camino. Prefirió ser tuerto en un país de ciegos — finalizó con una aspereza indisimulada.

Me dio por rescatar en mi mente el anterior encuentro y almuerzo con Martina y marido en su domicilio. ¡Con lo bueno que estaba el strudel de manzana!

Juan se hizo presente:

— Es fácil para nosotros hablar de una guerra sentados aquí, observando las ramblas iluminadas, las personas que van y vienen, cómodamente aposentados, buena temperatura, nada que temer…

La mirada de Martina le pulverizó. Jorge se mantuvo en un discreto segundo plano. Carmen aprovechó para pedirse un café con leche antes de reflexionar:

— Dejando aparte las dificultades y vergüenzas de la guerra,  entiendo que muchos no podamos —se incluyó en el tiempo del verbo— comprender el enorme significado del voluntariado filantrópico, el hecho de que para aliviar el sufrimiento de otras personas ofrezcas tu tiempo gratuitamente. Y tus conocimientos. E incluso que pongas en riesgo tu propia vida, porque eso también puede pasar. — Aprovechó que Martina se dedicaba a su chocolate, aunque estaba segura de su atención—. En cierto modo, estoy de acuerdo contigo, Martina: sí que es un desmedido egoísta quien se presta a involucrarse en un conflicto por servicio a los demás sin esperar retribución alguna, caso de Marçal. — Martina alzó la vista un tanto sorprendida. Juan y Jorge atendieron—. Los Marçal y el conjunto de voluntarios del mundo entero son un atajo de egocéntricos pancistas —Carmen había captado nuestra atención— porque… siempre acostumbran a recibir más de lo que dan y recoger más de lo que siembran: el afecto de las personas socorridas, su recuerdo imperecedero, la sonrisa de las gentes, sus ojos esperanzados, el cariño de los niños… ¡La satisfacción del deber cumplido!

Después de una breve pausa, Martina reaccionó ahora en un tono grave, dolido, como si le fuera en ello su propia existencia:

— También era su deber estar junto a su esposa Mercedes y con Adela, su nuera. Y no hablemos de su hijo, al que dice que idolatra, pero que deja abandonado a su suerte en el momento más delicado.

— No tengo muy claro que fuera asi —le replicó Carmen. Se encaró conmigo—. Aquí tenemos al creador de los personajes. Podría soltar palabra y descubrirnos el porqué de cada cual.

Rehusé amablemente a interferir: la partida se desarrollaba entre ambas mujeres, nosotros al margen, de espectadores. Ante mí silencio y leve, pero repetido, cabeceo negativo, Carmen reanudó el diálogo, transformado ahora en soliloquio:

— A la familia no le faltan recursos para vivir, ¡y vivir sin apreturas! Tienen de todo. Mercedes da la imagen de ser pétrea, fría, distante. Y Unai, el hijo, de extrema fragilidad —quizás por el impacto de las personalidades contrapuestas de sus padres—, aunque está felizmente casado con Adela. —Continuó pensando en voz alta—. Posiblemente sí que Unai necesita a su padre, aunque flaco favor le va a hacer permaneciendo constantemente a su lado, impidiendo sin pretenderlo su propio desarrollo. —Persistió en su meditación—. Pero quizás sí, que el más débil es Unai. Pero la esposa, Mercedes, se vale perfectamente por sí misma, tiene carácter, como lo demuestra sin duda, estemos o no de acuerdo con sus decisiones. Y en su periplo vital parece que se ha preocupado más de su propio yo que de acompañar a Marçal en sus aventuras por esos mundos de Dios. O al menos apoyarle.

— ¿Qué tiene que ver que tengan sobrados medios económicos? — se rebeló Martina—. Lo que una mujer quiere es mantener a su familia unida a su alrededor y, más que a nadie, a su pareja con ella. No que ésta se vaya a arreglar el mundo de otros.

— Habría que pensar si… —Carmen por un instante sopesó lo que iba a decir—. Para mí que la egoísta es Mercedes porque quiere mantener atado a ella a Marçal cuando no parece que haya hecho demasiado para ello, cuando ya no hay nada o queda poco que atar entre ambos. —Carmen había levantado ligeramente la voz al aventurar tal dictamen—. ¡Y el delirio de querer controlar a su hijo! — exclamó viva, pero sosegadamente— ¿Cómo va conseguir mantenerlos unidos?

Reconstruyendo diversos pasajes de Shaly le hizo ver a Martina que, a partir de cierto momento y dimitido de sus particulares objetivos, Marçal nunca dejó de cumplir con sus obligaciones para con Mercedes. Sospecho que Martina tuvo que evocar lo que le dije durante la sobremesa hace unos días: que aún no llevaba suficientes páginas como para poder juzgar: Carmen tenía más datos que ella.

Martina trataba de esbozar una respuesta, que por su mirada no presumí conciliadora o  al menos cordial. Creí llegado el momento de intervenir, no para matizar ni clarificar ni explicar la posición del autor, sino para poner paz en un diálogo que amenazaba con enturbiarse.

— A mi juicio no vale la pena personalizar este tema. —Fue Jorge quien, saliendo de su mutismo expectante, se me adelantó—. Hay quienes priorizan el servicio a los demás, sus ideales, aun a costa de sacrificar lo más próximo. Es algo que surge de dentro y que, se quiera o no, marca el destino. Puedes estar o no de acuerdo con ellos, pero necesitan hacerlo. Y no es asunto de dinero ni honores. — Bajó la voz porque quizás pensaba en él mismo— Se trata de la satisfacción de saber que uno hace lo que tiene necesidad de hacer para llegar a ser una buena persona o un buen profesional. En este sentido, estoy de acuerdo, Martina, en que Marçal es un gran egoísta. Conforme, pero por los motivos expuestos por Carmen.

Martina recuperó la normalidad en su expresión.

— ¿Vosotros os la habéis hecho entera? —preguntó a la mesa—.¡La novela! — aclaró.

Resultó que a Juan le quedaban unas veinte páginas y que Jorge luchaba con su lector de ebook y estaba esos días en las escenas nicaragüenses.

— Yo sí, un par de veces en formato pdf, que no es nada cómodo. Ahora quiero releerla en papel —aseguró Carmen.

— Estoy más avanzada que la última vez que nos vimos —Martina se dirigió a mí—, pero es verdad que me queda mucha travesía para comprender los caracteres y sus entresijos. —Sonrió a Carmen, quien le devolvió la paz. Jorge y Juan suspiraron —. Habrá que seguir reuniéndonos, ¿no?

Fue una invitación — ¿o fue un reto?— que mutuamente se aceptaron alegres de haber superado la escaramuza. Para mí una satisfacción asistir de nuevo a sus charlas para dialogar sobre Shaly. ¿Qué más podría desear?

Shaly V 002_39 Cape Verde Music Playlist – Cesaria Evora_10m

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(1) De charla en el Café Zúrich, de Plaza Cataluña (Barcelona)

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De la Banda Sonora: Shaly J 026_149_Georgia on my mind – Oscar Peterson

Corría la primera semana de este nuevo año. En el remodelado Café Zúrich de Plaza Cataluña, Barcelona, cuatro personas estábamos ‘tomando un café’. A las otras tres —a quienes voy a denominar  Juan, Jorge y Carmen—, las conocía bastante bien, desde los años de su niñez  al primero hasta tiempos más recientes la última. En edad, los varones estaban en los cuarenta largos, mientras Carmen… No sé con qué años cargaría Carmen, con esa habilidad femenina de rejuvenecerse cada nuevo día, pero rondaría la sesentena. A sugerencia mía se habían conocido en persona ese mismo día, aunque virtualmente hablando, gracias al Facebook y porque estaba yo de por medio como ‘amistad común’, llevaban ya varios meses de intercambios, megustases* y compartires*. Esta era también su primer reencuentro cara a cara en el caso de Juan y Jorge al menos desde hacía unos veintitantos años, y una total novedad en el caso de Carmen. Se habían cruzado ya las frases de rigor y algún que otro suave chascarrillo. Los cafés —un té especial para Jorge— esperaban su punto para poder ser degustados. Y se entró en materia divagando de uno a otro lado, como siempre sucede, sin nada especial que decir, tanteando opiniones por no expresar inconvenientes.

— Pues Shaly a mí me parece…

Jorge hizo una pausa al no saber exactamente como adjetivar la prosa de Shaly. Lo noté  y lo notaron.

— ¿Densa? — intenté ayudarle.

— Si, eso puede ser: densa. — Se agarró al clavo ardiendo de mi voluntaria calificación —. ¡Un texto denso! —Respiró aliviado intentando  enhebrar un amable argumento—. Como bien dices al inicio, no se puede leer de corrido. Hay que estar atento, seguir las frases de principio a final, recuperar el hilo de la narración, no perderse entre tanto detalle…

Calló: lo de ‘tanto’ quizás no debía haberlo dicho, seguramente pensó. Aquella última afirmación conllevaba una negatividad intrínseca. Carmen, que se había inicialmente acogido a su derecho a permanecer en silencio, —Juan seguía sorbiendo su café con leche—, terció en la conversación: al fin y al cabo nos habíamos todos reunido después de muchos años y desde siempre una para felicitarnos la Navidad y… hablar de la novela.

— Es verdad, Jesús. No puedo decir que sea un exceso lo del detalle, pero hay una gran acumulación de información, de datos, que hay que tener presente. A mí me gustó —añadió de inmediato— y me gustó mucho, ya te lo dije. Pero a los que prefieran empezar y acabar en un plisplás*, —en un toque, que diría mi familia argentina—, va a ser difícil engancharles. Requiere concentración.

— Bien —es Juan quien en ese momento intervino—, es verdad que Shaly explica muchas y variadas situaciones, que viaja por ciudades diversas y recorre paisajes diferentes, que hay muchos personajes. Y también que la descripción es meticulosa, a veces pormenorizada y deja poco margen a la imaginación. —Nuevo sorbo—. Recuerdo ahora la descripción del vestido, incluida gargantilla, que luce Anthía la noche del concierto en La Seu d’Urgell —lo dijo como quien señala un explícito ejemplo—. Pero eso no significa que le sobre ni le falte nada. Los cambios de escenario y los diferentes actores la hacen muy atractiva, aunque debas ir paso a paso.

— Claro, eso dependerá del lector, y lectores los hay de muy variados — se incorporó Jorge—. Yo reconozco que a veces, cuando he terminado una frase o un párrafo, he de volver al inicio para hacerme con lo que he leído. Y que he preferido organizarme la lectura por etapas: primero las cartas, después los capítulos intermedios. Puedo hacerlo, ¿no? — exclamó dirigiéndose a mí.

— Sí, claro. Las cartas pueden leerse una tras otra porque son correlativas — le respondí—. En cada capítulo se indica a qué fecha pertenece la acción para ayudar al lector a situarse en el tiempo.

— En realidad no es necesario separar unos capítulos de otros, aunque se puede hacer, sobre todo en la primera parte —entró Carmen—. La segunda parte, la de Anthía, es lineal, pero la de su abuelo Marçal es un continuo va y viene. Pero es muy gráfica. Ocurre como cuando ves por vez primera una película interesante, que se te escapan muchas, muchas, frases o escenas o miradas o la música o… mil particularidades.  Y te gustaría poder retroceder de vez en cuando para saber de dónde viene la historia o recuperar alguna de las secuencias. ¡Vaya, no perder o simplemente seguir el hilo!

Carmen les dejó a todos pensativos con su incursión en el mundo del celuloide. Yo les observaba y mantenía mi mudez procurando un rostro inexpresivo para no influir en la conversación. Al fin y al cabo ese era mi papel como autor del libro que intentaban diseccionar.  Suponía que en algún momento debería abrir boca más allá del simple cometario o respuesta puntual, pero esperaba a que ellos me dieran la vez.

Juan, —que era con quien tenía relación más antigua, vecindad con sus padres en su etapa infantil, y había podido seguir sus circunstancias personales más de cerca—, dejó la taza en el plato:

— Eso de meterse en el cine ha estado bien — dio la razón a Carmen—. Este domingo me entretuve en ver Casablanca y…

— Esa  es de mi época — le interrumpió riéndose Carmen, que como más veterana tenía más vida a sus espaldas, aunque en cambio hubiera sido la última incorporada a mi corta relación de amistades.

— Debe de ser — se sonrió Juan, que no era de los de carcajeo fácil, sino más bien de aquellos de fina ironía subliminal—. Pero la ponían en una de las cadenas y entre esa y otras de espíritus, apariciones, terror, alienígenas o persecuciones policiales a lo americano, me quedé con el cine en blanco y negro, de cuando tu debías ser niña o no habrías ni nacido —la miró con ojillos picarescos.

— Yo la vi de cría. Debía tener unos catorce años y quedé enamorada de Humphrey Bogart — se ensoñó por un instante Carmen—. Casablanca es del cuarenta y pico y yo no estaba ni siquiera en la imaginación de mis futuros padres. Me faltaban aún algunos años.

— Pues yo la descubrí cuando estaba en la universidad — recordó Juan— Y a mí quien me gustó, y mucho, fue Ingrid Bergman. Para acabar después con Montse, mi pareja, no diré que lo casi opuesto a la Bergman, pero poco que ver — comentó mofándose de sí mismo.

Jorge, el más circunspecto de los tres, el orden personificado, la constancia presente en todos sus avatares, no se expresó —quizás sumido en su ‘tanto-detalle’ del principio’— y presumí que no la había visto, Casablanca, aunque no podía dudar del conocimiento de su existencia. Siguió Juan:

— Con esta han sido tres las veces que la he visionado, la primera a los veinte más o menos, y las otras dos veces cada de diez años aproximadamente. Decía que lo de comparar Shaly con una película puede ser acertado, porque este tercer pase me llevó a descubrir expresiones, rostros, matices, escenas, etc. pormenores en los que nunca antes me había fijado.

— Pero no irás a comparar Shaly con Casablanca, ¿no? — Le salió del alma a Carmen, y me miró tan como arrepentida, que me obligó a romper mi silencio en franca risotada.

— No, por favor. Casablanca ganó varios Oscar y es una de las mejores películas de la historia. Mi Shaly no le llega ni a los créditos iniciales.

Estaba claro que no sabían cómo decirme que Shaly era soporífera, un rollo insoportable, un texto que se atraganta página si y la siguiente también. Me divertía verles sufrir por quedar bien conmigo.

— Quiero decir que en Shaly, que no es lectura de entretenimiento —quizás sí que para una noche de insomnio—, un solo viaje no permite hacerse con ella al cien por cien, se escapan ambientes, personajes, citas históricas, vidas de difícil trayectoria — insistía Juan—. Mi problema es también que he tenido que dejarla varias veces y cuando la recupero, me cuesta seguir la trama.

— Pero leerte setecientas páginas un par de veces para poder adéntrate en la narración…. ¡Es un palo! — fue el concluyente dictamen de Jorge.

— No, no es necesario — aclaró Juan—. Lo que vengo a decir es que, como los buenos platos tradicionales, —esos que hay en cada país y en cada una de sus zonas, los que hacían nuestra abuelas—, que son lentos de digerir, a Shaly hay que tomarla sin prisas pero sin pausas, que no se enfríe demasiado, masticando bien y saboreando cada bocado. ¿Sí? — Buscó la afirmativa complicidad de sus compañeros en el parangón.

— Eso si lo que hay en el plato te gusta — le respondió Jorge.

— Sí, claro. Ha de ser de tu gusto. Si no, no hay que pedirlo — se rio Juan.

— Pues yo me la he leído un par de veces de arriba a abajo y además  en una tablet. ¡Y antes de que fuera publicada! — confesó Carmen—. Reconozco que me metí de lleno en ella, quizás porque sé de amigos que han vivido experiencias similares, al menos con un cierto parecido.

— Gracias a ti corregí  algunas frases y bastantes gazapos ortográficos — me apresuré en afirmar.

Carmen había intervenido amistosamente en la corrección de las primeras pruebas, cuando el autor ya se muestra incapaz de distinguir palo de bastón, ciego de tanta letra y aturdido por los tiempos de los verbos,  y necesita de alguien ajeno que le diga los sobrantes y faltantes, las redundancias o incoherencias.

— ¡Cuidado! , que os quede claro que a mí me gusta — se definió Jorge—. Lo que he dicho es en la confianza que tengo con  Jesús. Tu sabes —se encaró conmigo— que soy una persona muy ordenada y meticulosa en mi trabajo. Cuando leo, me gusta hacerme con lo que se quiere expresar, quiero controlar todos los hilos y saber bien cuál es el camino.

— Pues átate los machos, que se dice en tu tierra — fue Juan quien le contestó bromeando— porque a Shaly hay que rumiarla: una vez y después nuevamente, con lentitud, mascando con cuidado porque todo encaja en uno u otro momento.

— Jorge, ¿a ti te gustan los puzles? — preguntó Carmen. Y continuó sin esperar respuesta— Pues Shaly es como un puzle de los grandes, de miles de piezas. Es una imagen exuberante, de variados dibujos y colores, que hay que ir construyendo. Al final se podrá disfrutar de su belleza.

Quedaron por un momento sumidos en sus pensamientos, como levitando. Yo simplemente les miraba convencido de la bondad de sus razones y consciente de que esta Shaly era compleja, no para senderistas de a pie plano, sino para montañeros arriesgados —la metáfora de Carmen—, o si preferían, destinada a navegantes de alta mar antes que a usuarios del agua dulce de plácidas piscinas.  Sabía, por los datos que iba recibiendo, que los lectores superaban bien sus primeras páginas. A partir de ahí, la travesía estaba — me atrevía a pensar— más que asegurada. No en un santiamén, pero sí hasta el final.

De la Banda Sonora: Shaly J 026_149_Georgia on my mind – Oscar Peterson

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