(1) De charla en el Café Zúrich, de Plaza Cataluña (Barcelona)

SHALY en Facebook

De la Banda Sonora: Shaly J 026_149_Georgia on my mind – Oscar Peterson

Corría la primera semana de este nuevo año. En el remodelado Café Zúrich de Plaza Cataluña, Barcelona, cuatro personas estábamos ‘tomando un café’. A las otras tres —a quienes voy a denominar  Juan, Jorge y Carmen—, las conocía bastante bien, desde los años de su niñez  al primero hasta tiempos más recientes la última. En edad, los varones estaban en los cuarenta largos, mientras Carmen… No sé con qué años cargaría Carmen, con esa habilidad femenina de rejuvenecerse cada nuevo día, pero rondaría la sesentena. A sugerencia mía se habían conocido en persona ese mismo día, aunque virtualmente hablando, gracias al Facebook y porque estaba yo de por medio como ‘amistad común’, llevaban ya varios meses de intercambios, megustases* y compartires*. Esta era también su primer reencuentro cara a cara en el caso de Juan y Jorge al menos desde hacía unos veintitantos años, y una total novedad en el caso de Carmen. Se habían cruzado ya las frases de rigor y algún que otro suave chascarrillo. Los cafés —un té especial para Jorge— esperaban su punto para poder ser degustados. Y se entró en materia divagando de uno a otro lado, como siempre sucede, sin nada especial que decir, tanteando opiniones por no expresar inconvenientes.

— Pues Shaly a mí me parece…

Jorge hizo una pausa al no saber exactamente como adjetivar la prosa de Shaly. Lo noté  y lo notaron.

— ¿Densa? — intenté ayudarle.

— Si, eso puede ser: densa. — Se agarró al clavo ardiendo de mi voluntaria calificación —. ¡Un texto denso! —Respiró aliviado intentando  enhebrar un amable argumento—. Como bien dices al inicio, no se puede leer de corrido. Hay que estar atento, seguir las frases de principio a final, recuperar el hilo de la narración, no perderse entre tanto detalle…

Calló: lo de ‘tanto’ quizás no debía haberlo dicho, seguramente pensó. Aquella última afirmación conllevaba una negatividad intrínseca. Carmen, que se había inicialmente acogido a su derecho a permanecer en silencio, —Juan seguía sorbiendo su café con leche—, terció en la conversación: al fin y al cabo nos habíamos todos reunido después de muchos años y desde siempre una para felicitarnos la Navidad y… hablar de la novela.

— Es verdad, Jesús. No puedo decir que sea un exceso lo del detalle, pero hay una gran acumulación de información, de datos, que hay que tener presente. A mí me gustó —añadió de inmediato— y me gustó mucho, ya te lo dije. Pero a los que prefieran empezar y acabar en un plisplás*, —en un toque, que diría mi familia argentina—, va a ser difícil engancharles. Requiere concentración.

— Bien —es Juan quien en ese momento intervino—, es verdad que Shaly explica muchas y variadas situaciones, que viaja por ciudades diversas y recorre paisajes diferentes, que hay muchos personajes. Y también que la descripción es meticulosa, a veces pormenorizada y deja poco margen a la imaginación. —Nuevo sorbo—. Recuerdo ahora la descripción del vestido, incluida gargantilla, que luce Anthía la noche del concierto en La Seu d’Urgell —lo dijo como quien señala un explícito ejemplo—. Pero eso no significa que le sobre ni le falte nada. Los cambios de escenario y los diferentes actores la hacen muy atractiva, aunque debas ir paso a paso.

— Claro, eso dependerá del lector, y lectores los hay de muy variados — se incorporó Jorge—. Yo reconozco que a veces, cuando he terminado una frase o un párrafo, he de volver al inicio para hacerme con lo que he leído. Y que he preferido organizarme la lectura por etapas: primero las cartas, después los capítulos intermedios. Puedo hacerlo, ¿no? — exclamó dirigiéndose a mí.

— Sí, claro. Las cartas pueden leerse una tras otra porque son correlativas — le respondí—. En cada capítulo se indica a qué fecha pertenece la acción para ayudar al lector a situarse en el tiempo.

— En realidad no es necesario separar unos capítulos de otros, aunque se puede hacer, sobre todo en la primera parte —entró Carmen—. La segunda parte, la de Anthía, es lineal, pero la de su abuelo Marçal es un continuo va y viene. Pero es muy gráfica. Ocurre como cuando ves por vez primera una película interesante, que se te escapan muchas, muchas, frases o escenas o miradas o la música o… mil particularidades.  Y te gustaría poder retroceder de vez en cuando para saber de dónde viene la historia o recuperar alguna de las secuencias. ¡Vaya, no perder o simplemente seguir el hilo!

Carmen les dejó a todos pensativos con su incursión en el mundo del celuloide. Yo les observaba y mantenía mi mudez procurando un rostro inexpresivo para no influir en la conversación. Al fin y al cabo ese era mi papel como autor del libro que intentaban diseccionar.  Suponía que en algún momento debería abrir boca más allá del simple cometario o respuesta puntual, pero esperaba a que ellos me dieran la vez.

Juan, —que era con quien tenía relación más antigua, vecindad con sus padres en su etapa infantil, y había podido seguir sus circunstancias personales más de cerca—, dejó la taza en el plato:

— Eso de meterse en el cine ha estado bien — dio la razón a Carmen—. Este domingo me entretuve en ver Casablanca y…

— Esa  es de mi época — le interrumpió riéndose Carmen, que como más veterana tenía más vida a sus espaldas, aunque en cambio hubiera sido la última incorporada a mi corta relación de amistades.

— Debe de ser — se sonrió Juan, que no era de los de carcajeo fácil, sino más bien de aquellos de fina ironía subliminal—. Pero la ponían en una de las cadenas y entre esa y otras de espíritus, apariciones, terror, alienígenas o persecuciones policiales a lo americano, me quedé con el cine en blanco y negro, de cuando tu debías ser niña o no habrías ni nacido —la miró con ojillos picarescos.

— Yo la vi de cría. Debía tener unos catorce años y quedé enamorada de Humphrey Bogart — se ensoñó por un instante Carmen—. Casablanca es del cuarenta y pico y yo no estaba ni siquiera en la imaginación de mis futuros padres. Me faltaban aún algunos años.

— Pues yo la descubrí cuando estaba en la universidad — recordó Juan— Y a mí quien me gustó, y mucho, fue Ingrid Bergman. Para acabar después con Montse, mi pareja, no diré que lo casi opuesto a la Bergman, pero poco que ver — comentó mofándose de sí mismo.

Jorge, el más circunspecto de los tres, el orden personificado, la constancia presente en todos sus avatares, no se expresó —quizás sumido en su ‘tanto-detalle’ del principio’— y presumí que no la había visto, Casablanca, aunque no podía dudar del conocimiento de su existencia. Siguió Juan:

— Con esta han sido tres las veces que la he visionado, la primera a los veinte más o menos, y las otras dos veces cada de diez años aproximadamente. Decía que lo de comparar Shaly con una película puede ser acertado, porque este tercer pase me llevó a descubrir expresiones, rostros, matices, escenas, etc. pormenores en los que nunca antes me había fijado.

— Pero no irás a comparar Shaly con Casablanca, ¿no? — Le salió del alma a Carmen, y me miró tan como arrepentida, que me obligó a romper mi silencio en franca risotada.

— No, por favor. Casablanca ganó varios Oscar y es una de las mejores películas de la historia. Mi Shaly no le llega ni a los créditos iniciales.

Estaba claro que no sabían cómo decirme que Shaly era soporífera, un rollo insoportable, un texto que se atraganta página si y la siguiente también. Me divertía verles sufrir por quedar bien conmigo.

— Quiero decir que en Shaly, que no es lectura de entretenimiento —quizás sí que para una noche de insomnio—, un solo viaje no permite hacerse con ella al cien por cien, se escapan ambientes, personajes, citas históricas, vidas de difícil trayectoria — insistía Juan—. Mi problema es también que he tenido que dejarla varias veces y cuando la recupero, me cuesta seguir la trama.

— Pero leerte setecientas páginas un par de veces para poder adéntrate en la narración…. ¡Es un palo! — fue el concluyente dictamen de Jorge.

— No, no es necesario — aclaró Juan—. Lo que vengo a decir es que, como los buenos platos tradicionales, —esos que hay en cada país y en cada una de sus zonas, los que hacían nuestra abuelas—, que son lentos de digerir, a Shaly hay que tomarla sin prisas pero sin pausas, que no se enfríe demasiado, masticando bien y saboreando cada bocado. ¿Sí? — Buscó la afirmativa complicidad de sus compañeros en el parangón.

— Eso si lo que hay en el plato te gusta — le respondió Jorge.

— Sí, claro. Ha de ser de tu gusto. Si no, no hay que pedirlo — se rio Juan.

— Pues yo me la he leído un par de veces de arriba a abajo y además  en una tablet. ¡Y antes de que fuera publicada! — confesó Carmen—. Reconozco que me metí de lleno en ella, quizás porque sé de amigos que han vivido experiencias similares, al menos con un cierto parecido.

— Gracias a ti corregí  algunas frases y bastantes gazapos ortográficos — me apresuré en afirmar.

Carmen había intervenido amistosamente en la corrección de las primeras pruebas, cuando el autor ya se muestra incapaz de distinguir palo de bastón, ciego de tanta letra y aturdido por los tiempos de los verbos,  y necesita de alguien ajeno que le diga los sobrantes y faltantes, las redundancias o incoherencias.

— ¡Cuidado! , que os quede claro que a mí me gusta — se definió Jorge—. Lo que he dicho es en la confianza que tengo con  Jesús. Tu sabes —se encaró conmigo— que soy una persona muy ordenada y meticulosa en mi trabajo. Cuando leo, me gusta hacerme con lo que se quiere expresar, quiero controlar todos los hilos y saber bien cuál es el camino.

— Pues átate los machos, que se dice en tu tierra — fue Juan quien le contestó bromeando— porque a Shaly hay que rumiarla: una vez y después nuevamente, con lentitud, mascando con cuidado porque todo encaja en uno u otro momento.

— Jorge, ¿a ti te gustan los puzles? — preguntó Carmen. Y continuó sin esperar respuesta— Pues Shaly es como un puzle de los grandes, de miles de piezas. Es una imagen exuberante, de variados dibujos y colores, que hay que ir construyendo. Al final se podrá disfrutar de su belleza.

Quedaron por un momento sumidos en sus pensamientos, como levitando. Yo simplemente les miraba convencido de la bondad de sus razones y consciente de que esta Shaly era compleja, no para senderistas de a pie plano, sino para montañeros arriesgados —la metáfora de Carmen—, o si preferían, destinada a navegantes de alta mar antes que a usuarios del agua dulce de plácidas piscinas.  Sabía, por los datos que iba recibiendo, que los lectores superaban bien sus primeras páginas. A partir de ahí, la travesía estaba — me atrevía a pensar— más que asegurada. No en un santiamén, pero sí hasta el final.

De la Banda Sonora: Shaly J 026_149_Georgia on my mind – Oscar Peterson

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