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(2) De charla en el Café Zúrich, de Plaza Cataluña (Barcelona)

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Shaly V 002_39 Cape Verde Music Playlist – Cesaria Evora_10m

Habían transcurrido tres semanas desde aquel primer coloquio con Carmen, Jorge y Juan como interlocutores y allí estábamos de nuevo en el Zúrich de Barcelona, sentados casualmente en la misma mesa que la vez primera y aguardando las bebidas solicitadas. En la espera íbamos calentando motores con vaguedades y observaciones sobre los clientes que continuamente entraban o se sentaban en las terrazas exteriores, que el clima benigno de este primaveral invierno lo estaba permitiendo. El Café Zúrich seguía su tradición, acogiendo autóctonos y foráneos, —éstos los que más, bastaba una ojeada—, como prácticamente hiciera desde su nacimiento en junio del sesenta y dos —mil ochocientos— , primero como cantina llamada “La Catalana” para los viajeros que tomaban el “tren de humo”, —que al aire libre transportaba a los barceloneses desde el centro de la ciudad hasta Sarrià y Sant Gervasi, actualmente un distrito de la capital condal—, convertido más tarde en chocolatería hasta que finalmente un tal Serra, catalán que había trabajado en la Zurich suiza, compró el negocio y lo rebautizó con dicho nombre.

— Lo siento, llegó muy tarde — se excusó la recién llegada mientras tomaba una silla y la acercaba a la tertulia.

Todos excepto Carmen nos levantamos para saludar a Martina, persona por mí tratada, a ella y familia, durante los últimos años. Hice las presentaciones oficiales, se repartieron los besos y saludos de ritual y los quetal*, muchogusto* y lamentoelretraso* al uso en circunstancias como aquella. Se sentó entre Jorge y Juan, estratégicamente frente a Carmen. Sabía yo que Martina estaba casada y tenía un par de hijos, chico y chica, ya en edad universitaria uno y en la antesala la segunda; de Jorge y Juan, si hay que fiarse de las biografías exhibidas en los perfiles de redes sociales, que aquél —lucía flamante anillo de compromiso o boda reciente— estaba en una relación aparentemente sin hijos y del segundo que se trataba de un divorciado que vivía en pareja y que de vez en cuando, —aparte de su amor por los perros grandes—, exhibía fotos de un par de casi adolescentes que sin duda debían ser vástagos suyos, por las pintas de un primer compromiso suyo o de la compañera. Y Carmen, de la que, aun habiéndonos tratado cara a cara muy poco —por decir algo, un par de ocasiones en diez años—, sabía por nuestras conversaciones telefónicas a pie de calle que se había divorciado años antes de conocernos , no lo había vuelto a intentar, tenía nietos en Madrid y ahora disfrutaba de la agradecida compañía de Rufo y Milú, un terrier yorkshire —del que amaba la ternura de su imperceptible gesto cuando se despistaba unos segundos— y una gata de negro pelaje que en su permanente indiferencia podría pasar por una pantera en miniatura, a decir suyo.

Martina se pidió un batido de chocolate, —lo que en mi juventud, y quizás ahora también en algunos lugares,  hubiera sido el tradicional cacaolat* caliente, ya que fue aquí donde se empezó a fabricar la famosa marca en el treinta y tres, un proyecto alumbrado  en Budapest—. A Jorge le sirvieron su té y Juan se había pasado a la cerveza, en botella. Carmen, que había declinado tomar nada, rebuscaba en su bolso. Finalmente se llevó un cigarrillo a los labios.

— Si, ya sé que te dije por correo que había dejado de fumar —se justificó ante mi visible reprobación.

— No, no estoy en lo de si fumas o no, que eso es cosa tuya —le contesté—. Pero es que estamos en local cerrado.

— ¡Ay! ¡Disculpad! ¡Qué cabeza la mía! Estaba en Shaly, recordando un poco nuestra primera conversación y ni me he dado cuenta. Se me ha ido el santo al cielo.

Uno de los camareros, que ya se estaba aproximando a la mesa probablemente para advertirla, se dio media vuelta.

— Nosotros venimos de Tarragona —explicó Martina—. He dejado a mi marido por ahí callejeando. Tenía cosas que hacer — remarcó, como restando importancia a lo de callejear—. ¿Ya habéis empezado a hablar? — Y sin dar prácticamente tiempo a contestación alguna, se lanzó al ruedo —. ¿Qué opináis de Marçal? Mejor dicho —añadió dirigiéndose directamente a Carmen— ¿Cómo valoras tú, como mujer, la actitud de Marçal?

Martina, quizás porque no disponía de toda la tarde — y nadie daba por hecho que el resto si pudiera gozar de más tiempo del necesario—, atacó de entrada el rol del personaje principal con una ambigua pregunta especialmente dirigida a la otra mujer presente en la mesa. Tuve la impresión que daba por sentada la respuesta, que evidentemente coincidiría con la suya: corporativismo femenino.

— Yo pienso que sí que es verosímil que pueda enamorarse de Shaly — Medio respondió Carmen un tanto desconcertada, no atreviéndose a más y sospechando que por ahí iba la cuestión. Se figuró que Martina daría por supuesto que los dos varones —a mí no se me tenía presente cual convidado de piedra— estarían encantados de que una Shaly se enamorara de ellos, aunque dudara que la ficción condujera a la realidad. ¿Era esa la pregunta?

— No, no me refiero a la chica. —Saltó Martina. Miró por el rabillo a derecha e izquierda—. Un personaje maduro o, mejor dicho, entrado en años, siempre va a encapricharse de una muchacha de veinte y pocos.

Juan y Jorge observaban lo que ambos barruntaron pudiera ser el inicio de un interesante duelo a florete.

— Para mí que Marçal es un auténtico egoísta: le interesa más su vida que la familia, de la que se desentiende completamente, sin importarle ni esposa ni hijo ni la esposa de éste. ¿Y por qué? ¿Qué obtiene? Absolutamente nada de nada —remató Martina la tirada.

No me imaginé que se zambulliría de nuevo en ese tema de la ingratitud y egocentrismo, ya discutido por ambos durante una comida con su esposo. Pequé de ingenuo, porque con la experiencia ya vivida y su reacción hacía tan solo una semana o semana y algo, —enfrentamiento hacia mí y también hacia su marido—, debía ser consciente de que su veredicto de un ‘Marçal egoísta’ se le había enraizado profundamente. Como yo aquel día me atreví a manifestar que ‘otras mujeres’ no se habían expresado de la misma manera y con tal contundencia respecto a Marçal, aquella era su oportunidad de exponer su acerada crítica ante Carmen, por si era una de las ‘otras’. Y de ahí su tono ciertamente, no diré agresivo, pero si ligeramente belicoso.

— Pensé que te referías a…—Carmen fue cogida a contrapié—. Pues de entrada no sabría qué decirte, si sí o no. —Tras un instante le preguntó muy seriamente, acentuando los interrogantes finales—. ¿Consideras que marcharse a otro país a ayudar al prójimo, y más siendo médico, es un acto de egoísmo por el mero hecho de no recibir nada como pago? ¿Cómo un canje, una permuta? ¿Yo te doy, si tú me das?

— No discuto que alguien pueda marcharse a otros países como contribución al bien común, incluso para ganar dinero — replicó rápida Martina—. Lo que me cuesta aceptar, mejor dicho, no acepto claramente, es que lo haga y deje sola a su esposa e hijo, y éste con la mujer embarazada. Lo menos que puede esperarse de alguien es que esté al lado de los suyos cuando ingresan en un hospital. ¡Marçal prefirió salvar bosnios antes que auxiliar a su nuera! —dictó sentencia.

Conocía a Carmen de nuestras largas, interminables y siempre sugestivas conversaciones callejeras, paseando en aquellos tiempos de un lado a otro de la plaza de Pati Palau y yendo el móvil de una a otra oreja para que ambas enrojecieran a la misma velocidad. Sabía que su militancia mental se inclinaba claramente por los movimientos progresistas. Intuía de Martina —pocas veces nos habíamos adentrado en senderos conflictivos, salvo cuando surgía esporádicamente el tema del procés catalán, que confieso: ambos sin ningún contratiempo sobrellevábamos estoicamente—, intuía que  se movía en sentido contrario, sin llegar ni de lejos al rancio conservadurismo, pero sí con ribetes tradicionalistas o continuistas. Naturalmente no me era permisible ni deseable definir o encasillar a ninguna de las dos: la vida o existencia no es blanca o negra. Incluyéndolos, discurre entre ambos límites y compone un degradado multiforme de un sin par de colores variopintos, que ni siquiera permanecen con el transcurso de los años. La evolución del ser desde su niñez hasta la vejez enriquece a uno mismo y a quienes le rodean; y el reconocimiento de esa evolución en pensamientos, criterios, actitudes y comportamientos nos forzaba a besar humildemente el suelo y a rendirnos ante nuestra insignificancia.

Mi ensueño me causó sorpresa. La retórica profundidad de mi raciocinio no era habitual en mí. Ido por momentos, incorporado de nuevo a la tertulia,  tuve claro que el enfrentamiento verbal estaba servido: el sereno argumentario de Carmen con seguridad exasperaría el vehemente verbo de Martina.

Juan y Jorge se revolvían imperceptiblemente en sus asientos e iban sorbiendo con estudiada lentitud sus bebidas no atreviéndose ni siquiera a abrir boca.  Sus sentires debían tener —que no exteriorizaron— y, al igual que yo mismo, esperaban la respuesta del otro contendiente, que no se hizo esperar.

— No sé si has leído toda la novela y lo has hecho con cuidado — se atrevió a insinuar Carmen—. Que recuerde, Marçal marcha a Bosnia sin saber que la chica está embarazada. Y no se entera tampoco del parto prematuro hasta días después. Por tanto llamar egoísmo a una actuación derivada o consecuencia de la ignorancia de los hechos me parece excesivo.

— No tenía por qué viajar a un país en conflicto con los riesgos que eso supone y sin nada a cambio salvo sentirse importante, algunas palmaditas a la espalda y ponerse quizás alguna medalla humanitaria—. El tono de Martina se había endurecido. Por un momento tuve la impresión de que teatralizaba el discurso ante mí—. Seguro que sabía lo del embarazo. Existían ya entonces los teléfonos, ¿no? — Siguió razonando—. Tenía aquí un buen trabajo, gozaba de una esposa magnífica, un hijo y un futuro nieto o nieta en camino. Prefirió ser tuerto en un país de ciegos — finalizó con una aspereza indisimulada.

Me dio por rescatar en mi mente el anterior encuentro y almuerzo con Martina y marido en su domicilio. ¡Con lo bueno que estaba el strudel de manzana!

Juan se hizo presente:

— Es fácil para nosotros hablar de una guerra sentados aquí, observando las ramblas iluminadas, las personas que van y vienen, cómodamente aposentados, buena temperatura, nada que temer…

La mirada de Martina le pulverizó. Jorge se mantuvo en un discreto segundo plano. Carmen aprovechó para pedirse un café con leche antes de reflexionar:

— Dejando aparte las dificultades y vergüenzas de la guerra,  entiendo que muchos no podamos —se incluyó en el tiempo del verbo— comprender el enorme significado del voluntariado filantrópico, el hecho de que para aliviar el sufrimiento de otras personas ofrezcas tu tiempo gratuitamente. Y tus conocimientos. E incluso que pongas en riesgo tu propia vida, porque eso también puede pasar. — Aprovechó que Martina se dedicaba a su chocolate, aunque estaba segura de su atención—. En cierto modo, estoy de acuerdo contigo, Martina: sí que es un desmedido egoísta quien se presta a involucrarse en un conflicto por servicio a los demás sin esperar retribución alguna, caso de Marçal. — Martina alzó la vista un tanto sorprendida. Juan y Jorge atendieron—. Los Marçal y el conjunto de voluntarios del mundo entero son un atajo de egocéntricos pancistas —Carmen había captado nuestra atención— porque… siempre acostumbran a recibir más de lo que dan y recoger más de lo que siembran: el afecto de las personas socorridas, su recuerdo imperecedero, la sonrisa de las gentes, sus ojos esperanzados, el cariño de los niños… ¡La satisfacción del deber cumplido!

Después de una breve pausa, Martina reaccionó ahora en un tono grave, dolido, como si le fuera en ello su propia existencia:

— También era su deber estar junto a su esposa Mercedes y con Adela, su nuera. Y no hablemos de su hijo, al que dice que idolatra, pero que deja abandonado a su suerte en el momento más delicado.

— No tengo muy claro que fuera asi —le replicó Carmen. Se encaró conmigo—. Aquí tenemos al creador de los personajes. Podría soltar palabra y descubrirnos el porqué de cada cual.

Rehusé amablemente a interferir: la partida se desarrollaba entre ambas mujeres, nosotros al margen, de espectadores. Ante mí silencio y leve, pero repetido, cabeceo negativo, Carmen reanudó el diálogo, transformado ahora en soliloquio:

— A la familia no le faltan recursos para vivir, ¡y vivir sin apreturas! Tienen de todo. Mercedes da la imagen de ser pétrea, fría, distante. Y Unai, el hijo, de extrema fragilidad —quizás por el impacto de las personalidades contrapuestas de sus padres—, aunque está felizmente casado con Adela. —Continuó pensando en voz alta—. Posiblemente sí que Unai necesita a su padre, aunque flaco favor le va a hacer permaneciendo constantemente a su lado, impidiendo sin pretenderlo su propio desarrollo. —Persistió en su meditación—. Pero quizás sí, que el más débil es Unai. Pero la esposa, Mercedes, se vale perfectamente por sí misma, tiene carácter, como lo demuestra sin duda, estemos o no de acuerdo con sus decisiones. Y en su periplo vital parece que se ha preocupado más de su propio yo que de acompañar a Marçal en sus aventuras por esos mundos de Dios. O al menos apoyarle.

— ¿Qué tiene que ver que tengan sobrados medios económicos? — se rebeló Martina—. Lo que una mujer quiere es mantener a su familia unida a su alrededor y, más que a nadie, a su pareja con ella. No que ésta se vaya a arreglar el mundo de otros.

— Habría que pensar si… —Carmen por un instante sopesó lo que iba a decir—. Para mí que la egoísta es Mercedes porque quiere mantener atado a ella a Marçal cuando no parece que haya hecho demasiado para ello, cuando ya no hay nada o queda poco que atar entre ambos. —Carmen había levantado ligeramente la voz al aventurar tal dictamen—. ¡Y el delirio de querer controlar a su hijo! — exclamó viva, pero sosegadamente— ¿Cómo va conseguir mantenerlos unidos?

Reconstruyendo diversos pasajes de Shaly le hizo ver a Martina que, a partir de cierto momento y dimitido de sus particulares objetivos, Marçal nunca dejó de cumplir con sus obligaciones para con Mercedes. Sospecho que Martina tuvo que evocar lo que le dije durante la sobremesa hace unos días: que aún no llevaba suficientes páginas como para poder juzgar: Carmen tenía más datos que ella.

Martina trataba de esbozar una respuesta, que por su mirada no presumí conciliadora o  al menos cordial. Creí llegado el momento de intervenir, no para matizar ni clarificar ni explicar la posición del autor, sino para poner paz en un diálogo que amenazaba con enturbiarse.

— A mi juicio no vale la pena personalizar este tema. —Fue Jorge quien, saliendo de su mutismo expectante, se me adelantó—. Hay quienes priorizan el servicio a los demás, sus ideales, aun a costa de sacrificar lo más próximo. Es algo que surge de dentro y que, se quiera o no, marca el destino. Puedes estar o no de acuerdo con ellos, pero necesitan hacerlo. Y no es asunto de dinero ni honores. — Bajó la voz porque quizás pensaba en él mismo— Se trata de la satisfacción de saber que uno hace lo que tiene necesidad de hacer para llegar a ser una buena persona o un buen profesional. En este sentido, estoy de acuerdo, Martina, en que Marçal es un gran egoísta. Conforme, pero por los motivos expuestos por Carmen.

Martina recuperó la normalidad en su expresión.

— ¿Vosotros os la habéis hecho entera? —preguntó a la mesa—.¡La novela! — aclaró.

Resultó que a Juan le quedaban unas veinte páginas y que Jorge luchaba con su lector de ebook y estaba esos días en las escenas nicaragüenses.

— Yo sí, un par de veces en formato pdf, que no es nada cómodo. Ahora quiero releerla en papel —aseguró Carmen.

— Estoy más avanzada que la última vez que nos vimos —Martina se dirigió a mí—, pero es verdad que me queda mucha travesía para comprender los caracteres y sus entresijos. —Sonrió a Carmen, quien le devolvió la paz. Jorge y Juan suspiraron —. Habrá que seguir reuniéndonos, ¿no?

Fue una invitación — ¿o fue un reto?— que mutuamente se aceptaron alegres de haber superado la escaramuza. Para mí una satisfacción asistir de nuevo a sus charlas para dialogar sobre Shaly. ¿Qué más podría desear?

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SHALY, Jm Real Lluch (01)

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Shaly_SebyJones 034.1_175 Beethoven – Piano sonata nº 31 III mvt – Christoph Eschenbach Anthía Tafarell Anthía Tafarell

No estaba enamorada y no recordaba en verdad haberlo estado nunca. Tuvo eso si en la universidad algún que otro escarceo, pero nunca en plan ni tan sólo algo formal, ni siquiera como amigo serio, que era la denominación semioficial de los novietes* por la época. Desde muy niña que intuía, temerosa, una clara preferencia por la compañía amable de sus amigas antes que la ruda y prepotente seguridad de los amigos, siempre pavoneando y a la teórica caza de la hembra. Había visto cómo sus compañeras de adolescencia iban cayendo una a una, y hasta alguna de ellas ya iba camino de ser madre.

Pensaba en ocasiones que ella quizás fuera diferente, ya que no sentía en sus entrañas, léase corazón o mente, la imperiosa necesidad de parir. Quizás es que no se le había aparecido aún el hombre de su vida y que eso ya llegaría. No le daba excesiva importancia, preocupada más en estos momentos en su propia carrera como concertista. A fin de cuentas, ahora y desde hacía muchos años, —y posiblemente por muchos años también en tiempos venideros—, su vocación, su tiempo, en definitiva su alma estaba concentrada en los dedos, las partituras, las cadencias y la interpretación.

Sostenía una relación intensa con el instrumento desde que la memoria reflejaba sus años infantiles, con aquella profesora tipo institutriz, pero magnífica educadora, que en Barcelona le enseñara las primeras notas, la posición de las manos, el talle erguido, a sentarse adecuadamente. Su abuela tenía un enorme piano de media cola en casa, herencia de no sabía quién, y por tanto le era familiar desde el nacimiento. A los tres años ya jugueteaba seriamente con las blancas y negras y se esforzaba en atender y entender. Desde siempre, con el apoyo incondicional de su abuelo, la condescendencia activa de su abuela, y el beneplácito complacido de su padre, se había dedicado al piano varias horas al día, tanto en casa como en la escuela, destacando siempre en ello. Durante su niñez pensaba que no debía condicionar su futuro al teclado, e imaginaba ir por la vida de permanente amateur. No tardó demasiado, después de meses de mucho dudar infantil y quizás fascinada por el embrujo diabólico de los vertiginosos dedos de alguien de quien no recordaba ni nombre ni pieza, accedió abrazar el credo concertista sin saber que ello la obligaría a renunciar a su libertad sujeta a la esclavitud del instrumento. Eso supuso empezar a trabajar seriamente de ocho a diez horas diarias, un trabajo persistente y muy duro que le había permitido finalizar el viaje —era un decir muy sujeto a provisionalidad— desde su Barcelona natal hasta Boston pasando por Londres y estancias en Moscú, aparte de dispares períodos en escuelas y centros de mejora y perfeccionamiento.

Mantenía contacto con su abuelo con relativa frecuencia pero siempre de modo muy exclusivo y positivo —algunas veces casi a diario, él en España, ella en Estados Unidos o en el resto del mundo— gracias al chat, esa herramienta tan útil para las comunicaciones entre ambos lados del océano, siempre a una hora que fuera fácil para uno y otro. De vez en cuando un correo electrónico. Ambos eran parcos en palabras: las necesarias para saberse bien. Ella le daba noticia de sus progresos, cómo marchaba, dónde actuaba y para quién; y él invariablemente le decía que siguiera adelante, que no se preocupara y que ‘iba haciendo’, esa expresión que supone invariablemente una de dos, o que la vida sigue igual de monótona, aunque con un discurrir algo más lento, o bien que las cosas van viento en popa y hay que disimular los progresos. En su caso, con la letal enfermedad declarada y ya a su edad, solo y rodeado simplemente de sus recuerdos, suponía que la primera interpretación era más correcta que la segunda. Pero ambos disimulaban las mutuas tristezas provocadas por sus soledades y se esforzaban en decirse palabras amables, de ánimo y esperanza, junto con las consabidas promesas o deseos de verse pronto, viajar el uno al otro y pasar unos días juntos en cuanto el piano lo permitiera o los achaques dieran algo de tregua. Su relación personal con Marçal había sido imperfectamente perfecta dada la diferencia de años y la distancia de hábitats. Eran en el fondo como dos gotas de agua, aunque aparentemente pudieran no parecerlo. A pesar de la extrañeza de todos, siempre le había llamado por su nombre, muy rara vez como iaio o abuelo. En eso salía a su padre y posiblemente la práctica le venía de antaño, pero nunca había utilizado los apelativos cariñosos que alguna vez recordaba haber oído a su padre, quizás por existir esa gran diferencia de edad y la permanente distancia que impedía adquirir la confianza para ello. Una incógnita de continuo en su alma: el hecho de no haber conocido a su madre Adela. Parto y fallecimiento siempre fueron considerados temas tabú por toda la familia. Barruntaba qué pudo haber pasado, pero nunca llegó a averiguar la verdad, si es que alguien la conocía. A su corta edad de ni cinco años, cuando el mundo aún no existe y como mucho correteas por el patio de la escuela y en su caso juegas trabajando intensamente las corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas, había asistido al fallecimiento de su padre, a quien siempre quiso y admiró a pesar de verle poco y muchas veces con mohína mirada fruto de la soledad obligada por la ausencia de su esposa, pero que de continuo la había animado a seguir y esforzarse, a luchar y no dejarse doblegar por circunstancias ni desgracias. Más tarde contempló el lento adormecer de los sentidos y conocimientos de su abuela Mercedes, ella siempre tan elegante y bien puesta. El hecho de que largas etapas fueran de convivencia mutua en Londres la había permitido advertir las progresivas deficiencias en su comportamiento. Hasta que Marçal capituló en su empeño estadounidense y regresaron ambos definitivamente a Barcelona, en donde Mercedes fue apagándose como cirio que se queda sin cera. Tenía doce años cuando su abuela marchó. Recuerda que no pudo asistir al entierro porque la disciplina de las clases se lo impidió, —y a su edad eso era más importante, consideraron—, pero si programaron viajar con Duggie aquel verano para visitar a Marçal en memoria de su abuela.

De Londres a Paris y en el Charles de Gaulle, como quien dice a pie de escalerilla, en la misma sala de ‘Salidas’ del aeropuerto fue el mismísimo Marçal quien les recogió —un buen pretexto su reunión en la capital francesa con algún colega— para llevarles hasta Barcelona. La ida la hicieron casi por la costa atlántica: Marçal quería ver Normandía, la segunda gran guerra en su infancia, y recorrer las lomas en plenitud de los viñedos bordeleses y sus alrededores, curiosa excusa para tomarnos unas breves vacaciones. De regreso —nuevamente los tres, porque quiso devolverles hasta París en el retorno a Londres— se le fijaron un par de días maravillosos en la capital: su Sena, y la Torre Eiffel, ¡Inolvidable! ¡A los doce años! Fue una semana para quedar cincelada de por vida en la que su conciencia pegó un estirón y descubrió nuevos caminos de futuro, por ejemplo el jazz, el secreto amor de Duggie, gracias a las paradas que hicieron en Marciac.

Por tanto no era de extrañar que el instrumento y los estudios hubieran sido desde niña su principal objetivo, aquello que depende únicamente de su propia valía y esfuerzo, lo que no puede morir si no muere ella misma. Sólo le había quedado Marçal, el iaio en la distancia, siempre volando alto, haciendo gala muda de su veteranía, un rendido seguidor y cariñoso entusiasta, entrenador duro y severo, mano de hierro en guante de seda. Y claro está, Duggie allí en Boston y su madre en Londres, su teórica familia más próxima y real. A Nora la conoció en un concierto común. Se gustaron profesionalmente, más tarde las miradas se entrecruzaron tímidamente y nació algo más que una amistad. Aun respetando la independencia de cada cual, procuraban estar juntas. Era su amiga y confidente, la pareja que le daba dulzura y seguridad a un tiempo, que escuchaba y brindaba una sonrisa en los momentos difíciles. Nora era, al menos por el momento, punto y aparte.

Marçal siempre la llamaba antes de los conciertos, a pesar de la diferencia horaria, que además podía ser aún más incómoda en función de que el concierto fuera en el Pacífico o en el Atlántico. El de hoy empezaba ya dentro de nada, a las 7:30 de la tarde, hora local, y se estaba retrasando. Iba a tener que salir a escena, sin oírle, No era lo habitual y tampoco hubiera sido preocupante en épocas normales. No era aún un anciano ni siquiera a sus setenta y cuatro años, y a él le gustaba presumir de ello, y de memoria, aventuras, batallas y sueños. Pero estaba en la antesala del término por culpa de esa inhabitual metástasis declarada cuando todos —posiblemente excluido el propio interesado— estaban convencidos que la larga enfermedad, eufemismo convencional, había sido vencida. Quizás, siendo sábado, no podría ser puntual a la cita.

Sonaron los timbres. Desde bambalinas el magnífico Steinway de cola entera, desde hacía años con los Sons incorporados, lucia magnífico. Como siempre, mientras la presentadora a telón corrido la presentaba al auditorio, revisó mentalmente el orden de las partituras. Se sabía, como buena concertista que era, el programa de memoria. Había dispuesto una composición de entrada que suscitaría la atención del público. Empezaría, haciendo dedos con una pieza de compositor relativamente joven, conocido pero no consagrado, en este caso The games, de la siberiana Marina Shmotova, porque desde que estudiara en Moscú y descubriera los compositores rusos se había entusiasmado con su música. Marina había sido alumna de Nikolai Peiko y presidia el Berinsky Music Club de Moscow. Anthía la había conocido en uno de los cursillos de perfeccionamiento. Desde que pudo elegir acostumbraba a acompañarla siempre que podía al igual que alguna composición de la ucraniana Polevá, o los rusos Rosenblatt y Vustin, amén de algún otro con quien una que otra vez había entablado relación profesional, siempre como alumna. Comprobó que algo español estaba incluido en el programa, y por tradición una composición referente a Catalunya, su patria chica, ‒ “el meu país”, que acostumbraba a decir ‒, y ahí estaba el Capricho Catalán de Albéniz. Seguiría Debussy y su Suite Bergamasque, con el conocido Claro de Luna, para enamorar al público. A continuación los tres nocturnos Liebesträume de Liszt y finalmente unas pinceladas del Maestro, digamos que un Chopin en media hora, incluyendo una selección forzosamente breve pero cuidadosa de sus obras más conocidas, para terminar con el Estudio Opus 10 Numero 12 in C, el llamado Revolucionario, que con seguridad conseguiría junto con la Fantasia Impromptu, la última pieza, el entusiástico favor del público.

Todo este resumen en su cerebro, todo listo para empezar, tranquilizando el ánimo porque la presentadora ya ha finalizado y la sala respondía cortésmente con un aplauso la introducción. El telón desapareció y dio paso al escenario con un solitario piano en el centro bajo una única iluminación cenital. Los asistentes en silencio, a la espera. Anthía juega un instante con sus dedos. Se otorga el visto bueno. Está lista.

Al iniciar el avance al escenario, la detiene Duggie. Le entrega un teléfono.
—From Spain —le informa.
Anthía toma el móvil presintiendo lo peor, aunque lo normal era que al otro lado estuviera Marçal, como en cada noche de concierto.
—Sí, soy yo.
Escucha atentamente, se transmuta, agradece la llamada con breves palabras y cuelga. Devuelve el aparato a Duggie. Se oye alguna tos y suaves cuchicheos en la sala. El brillante
instrumento resplandece iluminado por los focos cenitales. La gente se remueve. La presentadora inquiere a Duggie con un gesto de la cabeza, sin obtener respuesta.
— ¿Algún contratiempo? —se inquieta Duggie, que duda entre su inglés nativo y el español que va practicando.
Conoce bien la expresión de Anthía. El pronunciamiento de las comisuras de los labios, la mirada extraviada, el gesto encogido. Alguna mala noticia con seguridad.
—Anthía, ¿qué ha pasado? ¿Qué problema hay? —Duggie se le acerca por la espalda y la obliga a girarse.
Anthía calla. El insiste, le alza la barbilla, ninguna lágrima en su rostro. Quizás un amago, porque los labios pugnan por mantener inaudible el sollozo. Anthía alza una brillante mirada verdiazul*…

Shaly_SebyJones 034.1_175 Beethoven – Piano sonata nº 31 III mvt – Christoph Eschenbach

Concierto en el Seby Jones (Raleigh, USA)
Diciembre 2014Título original: SHALY
Primera edición: Octubre 2015
© 2015, Jm REAL LLUCH
© 2015, megustaescribir
ISBN: Tapa Blanda 978-8-4911-2131-2
ISBN: Libro Electrónico 978-8-4911-2132-9

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