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SHALY, Jm Real Lluch (01)

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Shaly_SebyJones 034.1_175 Beethoven – Piano sonata nº 31 III mvt – Christoph Eschenbach Anthía Tafarell Anthía Tafarell

No estaba enamorada y no recordaba en verdad haberlo estado nunca. Tuvo eso si en la universidad algún que otro escarceo, pero nunca en plan ni tan sólo algo formal, ni siquiera como amigo serio, que era la denominación semioficial de los novietes* por la época. Desde muy niña que intuía, temerosa, una clara preferencia por la compañía amable de sus amigas antes que la ruda y prepotente seguridad de los amigos, siempre pavoneando y a la teórica caza de la hembra. Había visto cómo sus compañeras de adolescencia iban cayendo una a una, y hasta alguna de ellas ya iba camino de ser madre.

Pensaba en ocasiones que ella quizás fuera diferente, ya que no sentía en sus entrañas, léase corazón o mente, la imperiosa necesidad de parir. Quizás es que no se le había aparecido aún el hombre de su vida y que eso ya llegaría. No le daba excesiva importancia, preocupada más en estos momentos en su propia carrera como concertista. A fin de cuentas, ahora y desde hacía muchos años, —y posiblemente por muchos años también en tiempos venideros—, su vocación, su tiempo, en definitiva su alma estaba concentrada en los dedos, las partituras, las cadencias y la interpretación.

Sostenía una relación intensa con el instrumento desde que la memoria reflejaba sus años infantiles, con aquella profesora tipo institutriz, pero magnífica educadora, que en Barcelona le enseñara las primeras notas, la posición de las manos, el talle erguido, a sentarse adecuadamente. Su abuela tenía un enorme piano de media cola en casa, herencia de no sabía quién, y por tanto le era familiar desde el nacimiento. A los tres años ya jugueteaba seriamente con las blancas y negras y se esforzaba en atender y entender. Desde siempre, con el apoyo incondicional de su abuelo, la condescendencia activa de su abuela, y el beneplácito complacido de su padre, se había dedicado al piano varias horas al día, tanto en casa como en la escuela, destacando siempre en ello. Durante su niñez pensaba que no debía condicionar su futuro al teclado, e imaginaba ir por la vida de permanente amateur. No tardó demasiado, después de meses de mucho dudar infantil y quizás fascinada por el embrujo diabólico de los vertiginosos dedos de alguien de quien no recordaba ni nombre ni pieza, accedió abrazar el credo concertista sin saber que ello la obligaría a renunciar a su libertad sujeta a la esclavitud del instrumento. Eso supuso empezar a trabajar seriamente de ocho a diez horas diarias, un trabajo persistente y muy duro que le había permitido finalizar el viaje —era un decir muy sujeto a provisionalidad— desde su Barcelona natal hasta Boston pasando por Londres y estancias en Moscú, aparte de dispares períodos en escuelas y centros de mejora y perfeccionamiento.

Mantenía contacto con su abuelo con relativa frecuencia pero siempre de modo muy exclusivo y positivo —algunas veces casi a diario, él en España, ella en Estados Unidos o en el resto del mundo— gracias al chat, esa herramienta tan útil para las comunicaciones entre ambos lados del océano, siempre a una hora que fuera fácil para uno y otro. De vez en cuando un correo electrónico. Ambos eran parcos en palabras: las necesarias para saberse bien. Ella le daba noticia de sus progresos, cómo marchaba, dónde actuaba y para quién; y él invariablemente le decía que siguiera adelante, que no se preocupara y que ‘iba haciendo’, esa expresión que supone invariablemente una de dos, o que la vida sigue igual de monótona, aunque con un discurrir algo más lento, o bien que las cosas van viento en popa y hay que disimular los progresos. En su caso, con la letal enfermedad declarada y ya a su edad, solo y rodeado simplemente de sus recuerdos, suponía que la primera interpretación era más correcta que la segunda. Pero ambos disimulaban las mutuas tristezas provocadas por sus soledades y se esforzaban en decirse palabras amables, de ánimo y esperanza, junto con las consabidas promesas o deseos de verse pronto, viajar el uno al otro y pasar unos días juntos en cuanto el piano lo permitiera o los achaques dieran algo de tregua. Su relación personal con Marçal había sido imperfectamente perfecta dada la diferencia de años y la distancia de hábitats. Eran en el fondo como dos gotas de agua, aunque aparentemente pudieran no parecerlo. A pesar de la extrañeza de todos, siempre le había llamado por su nombre, muy rara vez como iaio o abuelo. En eso salía a su padre y posiblemente la práctica le venía de antaño, pero nunca había utilizado los apelativos cariñosos que alguna vez recordaba haber oído a su padre, quizás por existir esa gran diferencia de edad y la permanente distancia que impedía adquirir la confianza para ello. Una incógnita de continuo en su alma: el hecho de no haber conocido a su madre Adela. Parto y fallecimiento siempre fueron considerados temas tabú por toda la familia. Barruntaba qué pudo haber pasado, pero nunca llegó a averiguar la verdad, si es que alguien la conocía. A su corta edad de ni cinco años, cuando el mundo aún no existe y como mucho correteas por el patio de la escuela y en su caso juegas trabajando intensamente las corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas, había asistido al fallecimiento de su padre, a quien siempre quiso y admiró a pesar de verle poco y muchas veces con mohína mirada fruto de la soledad obligada por la ausencia de su esposa, pero que de continuo la había animado a seguir y esforzarse, a luchar y no dejarse doblegar por circunstancias ni desgracias. Más tarde contempló el lento adormecer de los sentidos y conocimientos de su abuela Mercedes, ella siempre tan elegante y bien puesta. El hecho de que largas etapas fueran de convivencia mutua en Londres la había permitido advertir las progresivas deficiencias en su comportamiento. Hasta que Marçal capituló en su empeño estadounidense y regresaron ambos definitivamente a Barcelona, en donde Mercedes fue apagándose como cirio que se queda sin cera. Tenía doce años cuando su abuela marchó. Recuerda que no pudo asistir al entierro porque la disciplina de las clases se lo impidió, —y a su edad eso era más importante, consideraron—, pero si programaron viajar con Duggie aquel verano para visitar a Marçal en memoria de su abuela.

De Londres a Paris y en el Charles de Gaulle, como quien dice a pie de escalerilla, en la misma sala de ‘Salidas’ del aeropuerto fue el mismísimo Marçal quien les recogió —un buen pretexto su reunión en la capital francesa con algún colega— para llevarles hasta Barcelona. La ida la hicieron casi por la costa atlántica: Marçal quería ver Normandía, la segunda gran guerra en su infancia, y recorrer las lomas en plenitud de los viñedos bordeleses y sus alrededores, curiosa excusa para tomarnos unas breves vacaciones. De regreso —nuevamente los tres, porque quiso devolverles hasta París en el retorno a Londres— se le fijaron un par de días maravillosos en la capital: su Sena, y la Torre Eiffel, ¡Inolvidable! ¡A los doce años! Fue una semana para quedar cincelada de por vida en la que su conciencia pegó un estirón y descubrió nuevos caminos de futuro, por ejemplo el jazz, el secreto amor de Duggie, gracias a las paradas que hicieron en Marciac.

Por tanto no era de extrañar que el instrumento y los estudios hubieran sido desde niña su principal objetivo, aquello que depende únicamente de su propia valía y esfuerzo, lo que no puede morir si no muere ella misma. Sólo le había quedado Marçal, el iaio en la distancia, siempre volando alto, haciendo gala muda de su veteranía, un rendido seguidor y cariñoso entusiasta, entrenador duro y severo, mano de hierro en guante de seda. Y claro está, Duggie allí en Boston y su madre en Londres, su teórica familia más próxima y real. A Nora la conoció en un concierto común. Se gustaron profesionalmente, más tarde las miradas se entrecruzaron tímidamente y nació algo más que una amistad. Aun respetando la independencia de cada cual, procuraban estar juntas. Era su amiga y confidente, la pareja que le daba dulzura y seguridad a un tiempo, que escuchaba y brindaba una sonrisa en los momentos difíciles. Nora era, al menos por el momento, punto y aparte.

Marçal siempre la llamaba antes de los conciertos, a pesar de la diferencia horaria, que además podía ser aún más incómoda en función de que el concierto fuera en el Pacífico o en el Atlántico. El de hoy empezaba ya dentro de nada, a las 7:30 de la tarde, hora local, y se estaba retrasando. Iba a tener que salir a escena, sin oírle, No era lo habitual y tampoco hubiera sido preocupante en épocas normales. No era aún un anciano ni siquiera a sus setenta y cuatro años, y a él le gustaba presumir de ello, y de memoria, aventuras, batallas y sueños. Pero estaba en la antesala del término por culpa de esa inhabitual metástasis declarada cuando todos —posiblemente excluido el propio interesado— estaban convencidos que la larga enfermedad, eufemismo convencional, había sido vencida. Quizás, siendo sábado, no podría ser puntual a la cita.

Sonaron los timbres. Desde bambalinas el magnífico Steinway de cola entera, desde hacía años con los Sons incorporados, lucia magnífico. Como siempre, mientras la presentadora a telón corrido la presentaba al auditorio, revisó mentalmente el orden de las partituras. Se sabía, como buena concertista que era, el programa de memoria. Había dispuesto una composición de entrada que suscitaría la atención del público. Empezaría, haciendo dedos con una pieza de compositor relativamente joven, conocido pero no consagrado, en este caso The games, de la siberiana Marina Shmotova, porque desde que estudiara en Moscú y descubriera los compositores rusos se había entusiasmado con su música. Marina había sido alumna de Nikolai Peiko y presidia el Berinsky Music Club de Moscow. Anthía la había conocido en uno de los cursillos de perfeccionamiento. Desde que pudo elegir acostumbraba a acompañarla siempre que podía al igual que alguna composición de la ucraniana Polevá, o los rusos Rosenblatt y Vustin, amén de algún otro con quien una que otra vez había entablado relación profesional, siempre como alumna. Comprobó que algo español estaba incluido en el programa, y por tradición una composición referente a Catalunya, su patria chica, ‒ “el meu país”, que acostumbraba a decir ‒, y ahí estaba el Capricho Catalán de Albéniz. Seguiría Debussy y su Suite Bergamasque, con el conocido Claro de Luna, para enamorar al público. A continuación los tres nocturnos Liebesträume de Liszt y finalmente unas pinceladas del Maestro, digamos que un Chopin en media hora, incluyendo una selección forzosamente breve pero cuidadosa de sus obras más conocidas, para terminar con el Estudio Opus 10 Numero 12 in C, el llamado Revolucionario, que con seguridad conseguiría junto con la Fantasia Impromptu, la última pieza, el entusiástico favor del público.

Todo este resumen en su cerebro, todo listo para empezar, tranquilizando el ánimo porque la presentadora ya ha finalizado y la sala respondía cortésmente con un aplauso la introducción. El telón desapareció y dio paso al escenario con un solitario piano en el centro bajo una única iluminación cenital. Los asistentes en silencio, a la espera. Anthía juega un instante con sus dedos. Se otorga el visto bueno. Está lista.

Al iniciar el avance al escenario, la detiene Duggie. Le entrega un teléfono.
—From Spain —le informa.
Anthía toma el móvil presintiendo lo peor, aunque lo normal era que al otro lado estuviera Marçal, como en cada noche de concierto.
—Sí, soy yo.
Escucha atentamente, se transmuta, agradece la llamada con breves palabras y cuelga. Devuelve el aparato a Duggie. Se oye alguna tos y suaves cuchicheos en la sala. El brillante
instrumento resplandece iluminado por los focos cenitales. La gente se remueve. La presentadora inquiere a Duggie con un gesto de la cabeza, sin obtener respuesta.
— ¿Algún contratiempo? —se inquieta Duggie, que duda entre su inglés nativo y el español que va practicando.
Conoce bien la expresión de Anthía. El pronunciamiento de las comisuras de los labios, la mirada extraviada, el gesto encogido. Alguna mala noticia con seguridad.
—Anthía, ¿qué ha pasado? ¿Qué problema hay? —Duggie se le acerca por la espalda y la obliga a girarse.
Anthía calla. El insiste, le alza la barbilla, ninguna lágrima en su rostro. Quizás un amago, porque los labios pugnan por mantener inaudible el sollozo. Anthía alza una brillante mirada verdiazul*…

Shaly_SebyJones 034.1_175 Beethoven – Piano sonata nº 31 III mvt – Christoph Eschenbach

Concierto en el Seby Jones (Raleigh, USA)
Diciembre 2014Título original: SHALY
Primera edición: Octubre 2015
© 2015, Jm REAL LLUCH
© 2015, megustaescribir
ISBN: Tapa Blanda 978-8-4911-2131-2
ISBN: Libro Electrónico 978-8-4911-2132-9

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