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(2) De charla en el Café Zúrich, de Plaza Cataluña (Barcelona)

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Habían transcurrido tres semanas desde aquel primer coloquio con Carmen, Jorge y Juan como interlocutores y allí estábamos de nuevo en el Zúrich de Barcelona, sentados casualmente en la misma mesa que la vez primera y aguardando las bebidas solicitadas. En la espera íbamos calentando motores con vaguedades y observaciones sobre los clientes que continuamente entraban o se sentaban en las terrazas exteriores, que el clima benigno de este primaveral invierno lo estaba permitiendo. El Café Zúrich seguía su tradición, acogiendo autóctonos y foráneos, —éstos los que más, bastaba una ojeada—, como prácticamente hiciera desde su nacimiento en junio del sesenta y dos —mil ochocientos— , primero como cantina llamada “La Catalana” para los viajeros que tomaban el “tren de humo”, —que al aire libre transportaba a los barceloneses desde el centro de la ciudad hasta Sarrià y Sant Gervasi, actualmente un distrito de la capital condal—, convertido más tarde en chocolatería hasta que finalmente un tal Serra, catalán que había trabajado en la Zurich suiza, compró el negocio y lo rebautizó con dicho nombre.

— Lo siento, llegó muy tarde — se excusó la recién llegada mientras tomaba una silla y la acercaba a la tertulia.

Todos excepto Carmen nos levantamos para saludar a Martina, persona por mí tratada, a ella y familia, durante los últimos años. Hice las presentaciones oficiales, se repartieron los besos y saludos de ritual y los quetal*, muchogusto* y lamentoelretraso* al uso en circunstancias como aquella. Se sentó entre Jorge y Juan, estratégicamente frente a Carmen. Sabía yo que Martina estaba casada y tenía un par de hijos, chico y chica, ya en edad universitaria uno y en la antesala la segunda; de Jorge y Juan, si hay que fiarse de las biografías exhibidas en los perfiles de redes sociales, que aquél —lucía flamante anillo de compromiso o boda reciente— estaba en una relación aparentemente sin hijos y del segundo que se trataba de un divorciado que vivía en pareja y que de vez en cuando, —aparte de su amor por los perros grandes—, exhibía fotos de un par de casi adolescentes que sin duda debían ser vástagos suyos, por las pintas de un primer compromiso suyo o de la compañera. Y Carmen, de la que, aun habiéndonos tratado cara a cara muy poco —por decir algo, un par de ocasiones en diez años—, sabía por nuestras conversaciones telefónicas a pie de calle que se había divorciado años antes de conocernos , no lo había vuelto a intentar, tenía nietos en Madrid y ahora disfrutaba de la agradecida compañía de Rufo y Milú, un terrier yorkshire —del que amaba la ternura de su imperceptible gesto cuando se despistaba unos segundos— y una gata de negro pelaje que en su permanente indiferencia podría pasar por una pantera en miniatura, a decir suyo.

Martina se pidió un batido de chocolate, —lo que en mi juventud, y quizás ahora también en algunos lugares,  hubiera sido el tradicional cacaolat* caliente, ya que fue aquí donde se empezó a fabricar la famosa marca en el treinta y tres, un proyecto alumbrado  en Budapest—. A Jorge le sirvieron su té y Juan se había pasado a la cerveza, en botella. Carmen, que había declinado tomar nada, rebuscaba en su bolso. Finalmente se llevó un cigarrillo a los labios.

— Si, ya sé que te dije por correo que había dejado de fumar —se justificó ante mi visible reprobación.

— No, no estoy en lo de si fumas o no, que eso es cosa tuya —le contesté—. Pero es que estamos en local cerrado.

— ¡Ay! ¡Disculpad! ¡Qué cabeza la mía! Estaba en Shaly, recordando un poco nuestra primera conversación y ni me he dado cuenta. Se me ha ido el santo al cielo.

Uno de los camareros, que ya se estaba aproximando a la mesa probablemente para advertirla, se dio media vuelta.

— Nosotros venimos de Tarragona —explicó Martina—. He dejado a mi marido por ahí callejeando. Tenía cosas que hacer — remarcó, como restando importancia a lo de callejear—. ¿Ya habéis empezado a hablar? — Y sin dar prácticamente tiempo a contestación alguna, se lanzó al ruedo —. ¿Qué opináis de Marçal? Mejor dicho —añadió dirigiéndose directamente a Carmen— ¿Cómo valoras tú, como mujer, la actitud de Marçal?

Martina, quizás porque no disponía de toda la tarde — y nadie daba por hecho que el resto si pudiera gozar de más tiempo del necesario—, atacó de entrada el rol del personaje principal con una ambigua pregunta especialmente dirigida a la otra mujer presente en la mesa. Tuve la impresión que daba por sentada la respuesta, que evidentemente coincidiría con la suya: corporativismo femenino.

— Yo pienso que sí que es verosímil que pueda enamorarse de Shaly — Medio respondió Carmen un tanto desconcertada, no atreviéndose a más y sospechando que por ahí iba la cuestión. Se figuró que Martina daría por supuesto que los dos varones —a mí no se me tenía presente cual convidado de piedra— estarían encantados de que una Shaly se enamorara de ellos, aunque dudara que la ficción condujera a la realidad. ¿Era esa la pregunta?

— No, no me refiero a la chica. —Saltó Martina. Miró por el rabillo a derecha e izquierda—. Un personaje maduro o, mejor dicho, entrado en años, siempre va a encapricharse de una muchacha de veinte y pocos.

Juan y Jorge observaban lo que ambos barruntaron pudiera ser el inicio de un interesante duelo a florete.

— Para mí que Marçal es un auténtico egoísta: le interesa más su vida que la familia, de la que se desentiende completamente, sin importarle ni esposa ni hijo ni la esposa de éste. ¿Y por qué? ¿Qué obtiene? Absolutamente nada de nada —remató Martina la tirada.

No me imaginé que se zambulliría de nuevo en ese tema de la ingratitud y egocentrismo, ya discutido por ambos durante una comida con su esposo. Pequé de ingenuo, porque con la experiencia ya vivida y su reacción hacía tan solo una semana o semana y algo, —enfrentamiento hacia mí y también hacia su marido—, debía ser consciente de que su veredicto de un ‘Marçal egoísta’ se le había enraizado profundamente. Como yo aquel día me atreví a manifestar que ‘otras mujeres’ no se habían expresado de la misma manera y con tal contundencia respecto a Marçal, aquella era su oportunidad de exponer su acerada crítica ante Carmen, por si era una de las ‘otras’. Y de ahí su tono ciertamente, no diré agresivo, pero si ligeramente belicoso.

— Pensé que te referías a…—Carmen fue cogida a contrapié—. Pues de entrada no sabría qué decirte, si sí o no. —Tras un instante le preguntó muy seriamente, acentuando los interrogantes finales—. ¿Consideras que marcharse a otro país a ayudar al prójimo, y más siendo médico, es un acto de egoísmo por el mero hecho de no recibir nada como pago? ¿Cómo un canje, una permuta? ¿Yo te doy, si tú me das?

— No discuto que alguien pueda marcharse a otros países como contribución al bien común, incluso para ganar dinero — replicó rápida Martina—. Lo que me cuesta aceptar, mejor dicho, no acepto claramente, es que lo haga y deje sola a su esposa e hijo, y éste con la mujer embarazada. Lo menos que puede esperarse de alguien es que esté al lado de los suyos cuando ingresan en un hospital. ¡Marçal prefirió salvar bosnios antes que auxiliar a su nuera! —dictó sentencia.

Conocía a Carmen de nuestras largas, interminables y siempre sugestivas conversaciones callejeras, paseando en aquellos tiempos de un lado a otro de la plaza de Pati Palau y yendo el móvil de una a otra oreja para que ambas enrojecieran a la misma velocidad. Sabía que su militancia mental se inclinaba claramente por los movimientos progresistas. Intuía de Martina —pocas veces nos habíamos adentrado en senderos conflictivos, salvo cuando surgía esporádicamente el tema del procés catalán, que confieso: ambos sin ningún contratiempo sobrellevábamos estoicamente—, intuía que  se movía en sentido contrario, sin llegar ni de lejos al rancio conservadurismo, pero sí con ribetes tradicionalistas o continuistas. Naturalmente no me era permisible ni deseable definir o encasillar a ninguna de las dos: la vida o existencia no es blanca o negra. Incluyéndolos, discurre entre ambos límites y compone un degradado multiforme de un sin par de colores variopintos, que ni siquiera permanecen con el transcurso de los años. La evolución del ser desde su niñez hasta la vejez enriquece a uno mismo y a quienes le rodean; y el reconocimiento de esa evolución en pensamientos, criterios, actitudes y comportamientos nos forzaba a besar humildemente el suelo y a rendirnos ante nuestra insignificancia.

Mi ensueño me causó sorpresa. La retórica profundidad de mi raciocinio no era habitual en mí. Ido por momentos, incorporado de nuevo a la tertulia,  tuve claro que el enfrentamiento verbal estaba servido: el sereno argumentario de Carmen con seguridad exasperaría el vehemente verbo de Martina.

Juan y Jorge se revolvían imperceptiblemente en sus asientos e iban sorbiendo con estudiada lentitud sus bebidas no atreviéndose ni siquiera a abrir boca.  Sus sentires debían tener —que no exteriorizaron— y, al igual que yo mismo, esperaban la respuesta del otro contendiente, que no se hizo esperar.

— No sé si has leído toda la novela y lo has hecho con cuidado — se atrevió a insinuar Carmen—. Que recuerde, Marçal marcha a Bosnia sin saber que la chica está embarazada. Y no se entera tampoco del parto prematuro hasta días después. Por tanto llamar egoísmo a una actuación derivada o consecuencia de la ignorancia de los hechos me parece excesivo.

— No tenía por qué viajar a un país en conflicto con los riesgos que eso supone y sin nada a cambio salvo sentirse importante, algunas palmaditas a la espalda y ponerse quizás alguna medalla humanitaria—. El tono de Martina se había endurecido. Por un momento tuve la impresión de que teatralizaba el discurso ante mí—. Seguro que sabía lo del embarazo. Existían ya entonces los teléfonos, ¿no? — Siguió razonando—. Tenía aquí un buen trabajo, gozaba de una esposa magnífica, un hijo y un futuro nieto o nieta en camino. Prefirió ser tuerto en un país de ciegos — finalizó con una aspereza indisimulada.

Me dio por rescatar en mi mente el anterior encuentro y almuerzo con Martina y marido en su domicilio. ¡Con lo bueno que estaba el strudel de manzana!

Juan se hizo presente:

— Es fácil para nosotros hablar de una guerra sentados aquí, observando las ramblas iluminadas, las personas que van y vienen, cómodamente aposentados, buena temperatura, nada que temer…

La mirada de Martina le pulverizó. Jorge se mantuvo en un discreto segundo plano. Carmen aprovechó para pedirse un café con leche antes de reflexionar:

— Dejando aparte las dificultades y vergüenzas de la guerra,  entiendo que muchos no podamos —se incluyó en el tiempo del verbo— comprender el enorme significado del voluntariado filantrópico, el hecho de que para aliviar el sufrimiento de otras personas ofrezcas tu tiempo gratuitamente. Y tus conocimientos. E incluso que pongas en riesgo tu propia vida, porque eso también puede pasar. — Aprovechó que Martina se dedicaba a su chocolate, aunque estaba segura de su atención—. En cierto modo, estoy de acuerdo contigo, Martina: sí que es un desmedido egoísta quien se presta a involucrarse en un conflicto por servicio a los demás sin esperar retribución alguna, caso de Marçal. — Martina alzó la vista un tanto sorprendida. Juan y Jorge atendieron—. Los Marçal y el conjunto de voluntarios del mundo entero son un atajo de egocéntricos pancistas —Carmen había captado nuestra atención— porque… siempre acostumbran a recibir más de lo que dan y recoger más de lo que siembran: el afecto de las personas socorridas, su recuerdo imperecedero, la sonrisa de las gentes, sus ojos esperanzados, el cariño de los niños… ¡La satisfacción del deber cumplido!

Después de una breve pausa, Martina reaccionó ahora en un tono grave, dolido, como si le fuera en ello su propia existencia:

— También era su deber estar junto a su esposa Mercedes y con Adela, su nuera. Y no hablemos de su hijo, al que dice que idolatra, pero que deja abandonado a su suerte en el momento más delicado.

— No tengo muy claro que fuera asi —le replicó Carmen. Se encaró conmigo—. Aquí tenemos al creador de los personajes. Podría soltar palabra y descubrirnos el porqué de cada cual.

Rehusé amablemente a interferir: la partida se desarrollaba entre ambas mujeres, nosotros al margen, de espectadores. Ante mí silencio y leve, pero repetido, cabeceo negativo, Carmen reanudó el diálogo, transformado ahora en soliloquio:

— A la familia no le faltan recursos para vivir, ¡y vivir sin apreturas! Tienen de todo. Mercedes da la imagen de ser pétrea, fría, distante. Y Unai, el hijo, de extrema fragilidad —quizás por el impacto de las personalidades contrapuestas de sus padres—, aunque está felizmente casado con Adela. —Continuó pensando en voz alta—. Posiblemente sí que Unai necesita a su padre, aunque flaco favor le va a hacer permaneciendo constantemente a su lado, impidiendo sin pretenderlo su propio desarrollo. —Persistió en su meditación—. Pero quizás sí, que el más débil es Unai. Pero la esposa, Mercedes, se vale perfectamente por sí misma, tiene carácter, como lo demuestra sin duda, estemos o no de acuerdo con sus decisiones. Y en su periplo vital parece que se ha preocupado más de su propio yo que de acompañar a Marçal en sus aventuras por esos mundos de Dios. O al menos apoyarle.

— ¿Qué tiene que ver que tengan sobrados medios económicos? — se rebeló Martina—. Lo que una mujer quiere es mantener a su familia unida a su alrededor y, más que a nadie, a su pareja con ella. No que ésta se vaya a arreglar el mundo de otros.

— Habría que pensar si… —Carmen por un instante sopesó lo que iba a decir—. Para mí que la egoísta es Mercedes porque quiere mantener atado a ella a Marçal cuando no parece que haya hecho demasiado para ello, cuando ya no hay nada o queda poco que atar entre ambos. —Carmen había levantado ligeramente la voz al aventurar tal dictamen—. ¡Y el delirio de querer controlar a su hijo! — exclamó viva, pero sosegadamente— ¿Cómo va conseguir mantenerlos unidos?

Reconstruyendo diversos pasajes de Shaly le hizo ver a Martina que, a partir de cierto momento y dimitido de sus particulares objetivos, Marçal nunca dejó de cumplir con sus obligaciones para con Mercedes. Sospecho que Martina tuvo que evocar lo que le dije durante la sobremesa hace unos días: que aún no llevaba suficientes páginas como para poder juzgar: Carmen tenía más datos que ella.

Martina trataba de esbozar una respuesta, que por su mirada no presumí conciliadora o  al menos cordial. Creí llegado el momento de intervenir, no para matizar ni clarificar ni explicar la posición del autor, sino para poner paz en un diálogo que amenazaba con enturbiarse.

— A mi juicio no vale la pena personalizar este tema. —Fue Jorge quien, saliendo de su mutismo expectante, se me adelantó—. Hay quienes priorizan el servicio a los demás, sus ideales, aun a costa de sacrificar lo más próximo. Es algo que surge de dentro y que, se quiera o no, marca el destino. Puedes estar o no de acuerdo con ellos, pero necesitan hacerlo. Y no es asunto de dinero ni honores. — Bajó la voz porque quizás pensaba en él mismo— Se trata de la satisfacción de saber que uno hace lo que tiene necesidad de hacer para llegar a ser una buena persona o un buen profesional. En este sentido, estoy de acuerdo, Martina, en que Marçal es un gran egoísta. Conforme, pero por los motivos expuestos por Carmen.

Martina recuperó la normalidad en su expresión.

— ¿Vosotros os la habéis hecho entera? —preguntó a la mesa—.¡La novela! — aclaró.

Resultó que a Juan le quedaban unas veinte páginas y que Jorge luchaba con su lector de ebook y estaba esos días en las escenas nicaragüenses.

— Yo sí, un par de veces en formato pdf, que no es nada cómodo. Ahora quiero releerla en papel —aseguró Carmen.

— Estoy más avanzada que la última vez que nos vimos —Martina se dirigió a mí—, pero es verdad que me queda mucha travesía para comprender los caracteres y sus entresijos. —Sonrió a Carmen, quien le devolvió la paz. Jorge y Juan suspiraron —. Habrá que seguir reuniéndonos, ¿no?

Fue una invitación — ¿o fue un reto?— que mutuamente se aceptaron alegres de haber superado la escaramuza. Para mí una satisfacción asistir de nuevo a sus charlas para dialogar sobre Shaly. ¿Qué más podría desear?

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Siete pasos y una hipótesis de ahora al 9-N ( de Pere Cardús en VilaWeb)

Siete pasos y una hipótesis desde ahora al 9-N

Traducción del artículo de Pere Cardús aparecido en Vilaweb (13/09/14)

http://www.vilaweb.cat/mailobert/4210496/set-passos-hipotesi-dara-9-n.html


La hemos hecho buena. ¡Vaya que si la hemos hecho buena! Este Once de Septiembre, trescientos años después de la tenebrosa derrota, hemos organizado uno de los golpes de efecto más fuertes de la historia de los movimientos políticos. No nos tiene que provocar ningún rubor comparar la movilización del jueves con los momentos más conocidos de las luchas por los derechos políticos y civiles de la historia de la humanidad. No tengamos ninguna duda que de aquí a muchos años todavía se hablará de esta fiesta como un día de dignidad y de recuperación.

Pero, ¿qué pasará de ahora en adelante? ¿Cuáles son los pasos siguientes de este proceso hacia la independencia? Os propongo ensayar unos cuántos, teniendo siempre en cuenta que es más importante ver claro el mapa de navegación que no la hoja de ruta. El primero sirve para saber por dónde se puede pasar, quien más navega por el mar y qué escollos hay que esquivar. El segundo es tan sólo una guía para hacer camino y tener horizontes claros, pero hay que aplicarlo con flexibilidad para no caer en trampas imprevistas. Quiero decir que no propongo ninguna hoja de ruta; que creo que teniendo claro el horizonte –la independencia– hay que tomar decisiones inteligentes y valientes en cada momento. Tan sólo pienso en voz alta –o por escrito– cuales son los pasos a hacer en un camino que ha tomado un impulso considerable y que, teniendo en cuenta el calendario, puede desbocarse muy pronto.

Primero. El lunes empieza el debate de política general. El presidente Mas lo abrirá con un discurso de dos grandes bloques: recuperación económica y libertad nacional. En este discurso, Mas tendrá que concretar su compromiso con el voto del pueblo catalán el 9 de noviembre. Él y los otros dirigentes del bloque soberanista tendrán que escribir el relato y la argumentación de base para el próximo mes y medio.

Segundo. Después del debate de política general, que se hará de lunes a miércoles, vendrá el referéndum de independencia de Escocia. Sea cual sea el resultado, habrá que aprovechar el ejemplo democrático de dos países civilizados en pleno siglo XXI. Si gana el no, el ejemplo es válido igualmente y esto tendrá que servir a los catalanes para no confiarse ni un segundo hasta el 9-N. Pero si gana el sí, las consecuencias pueden ser devastadoras para la estrategia de estatua de acero del estado español.

Tercero. Una de las posibilidades que no se tiene que descartar es que esta semana mismo, entre el debate de política general y la aprobación el viernes de la ley de consultas, se anuncie un gobierno de concentración con la participación, cuando menos, de Esquerra. Algunos movimientos de estas últimas semanas hacen pensar en esta posibilidad y, si se diera, sería un golpe de efecto definitivo que haría posible tomar bastante impulso para llegar al 9-N con todo el coraje necesario. También es posible que, si el objetivo de este gobierno es única y exclusivamente convocar y hacer la consulta, se añada alguno de los otros partidos del bloque –ICV y CUP–, si bien tengo la impresión que pesarán más otros intereses que no el sentido histórico del momento.

Cuarto. Con o sin gobierno de unidad, el viernes se aprobará la ley de consultas no referendarias con una mayoría agobiante del parlamento (el PSC ya ha anunciado que votará a favor). Y este momento ya será una primera concreción jurídica y política en el ejercicio de la soberanía proclamada hace algo más de un año y medio. El gobierno español podría recurrir al Tribunal Constitucional en este momento, antes del decreto de convocatoria. Pero todo hace pensar que presentará el recurso como un paquete contra los dos actos políticos –ley y convocatoria.

Quinto. Uno de los momentos decisivos será el de la convocatoria de la consulta sobre la independencia el 9-N. Esto pasará previsiblemente el lunes, si no se avanza la publicación de la ley al Diario Oficial de la Generalitat. Si se ha constituido un gobierno de unidad, la convocatoria la harán conjuntamente los líderes de los partidos del gobierno –Mas, Junqueras y Ortega o Espadaler, previsiblemente. Si CiU continúa estando sola en el gobierno, la hará el presidente.

Sexto. Una vez hechos ley y decreto de convocatoria, el gobierno español presentará un recurso al TC que tendrá que suspender provisionalmente los dos de una manera automática. Entonces, el alto tribunal español tendrá cinco meses para decidir si son constitucionales. Si considera que la suspensión cautelar causa más perjuicio del que evita, podrá levantarla en cualquier momento. Si lo hiciera antes del 9-N, la consulta se podría hacer sin incurrir en ninguna ilegalidad, desde el punto de vista español. Si no, la pelota estará al tejado de los partidos que aprobaron la fecha y la pregunta. Todavía queda la posibilidad que los magistrados españoles se reúnan urgentemente y tomen una decisión definitiva antes de acabar el octubre. Pero sería una novedad, vista su práctica habitual.

Séptimo. Entonces, con ley y convocatoria suspendidas cautelarmente por el TC, será el momento de definir las condiciones democráticas que debe tener la consulta para poder hacerse contra la orden de suspensión española. Los partidos del gobierno de unidad o los de la fecha y la pregunta tendrán que acordar cuáles son las líneas rojas que no se pueden traspasar para que la consulta tenga el reconocimiento internacional y la validez democrática.

¿Se podrá dar por buena si tan sólo han participado los favorables a la independencia y los contrarios la han boicoteado? ¿Qué pasará si hay municipios donde no se ha podido votar con normalidad? ¿Y si algunas mesas no se pueden constituir porque no se han presentado los miembros designados por el Govern? ¿Y si el estado español anuncia que multará a todos los funcionarios que colaboren en las votaciones y detendrá a los responsables de cada colegio? ¿Se podrá votar en la calle o esto contravendría un principio básico como el secreto y la libertad de voto? ¿Cuál es el criterio del comité de observadores internacionales que tendrá que certificar la validez de la votación?

Hipótesis. Una de las posibilidades que abre todo este conjunto de preguntas –y muchas más que habrá que tener previstas– es que se haga la consulta sí o sí, pero que no se haga el escrutinio si no se han podido asegurar las garantías democráticas acordadas. De este modo se cerraría la jornada con una imagen potente y reveladora de cara a la comunidad internacional y a la conciencia democrática: los catalanes con una papeleta de voto a la mano y las fuerzas de seguridad españolas impidiendo el voto por la fuerza.

Esta imagen daría una fuerza definitiva al pueblo catalán para proclamar la independencia unilateralmente después de unas elecciones con carácter plebiscitario. En cualquier caso, esta segunda fase del camino sólo se podría cumplir habiendo llevado la consulta del 9-N hasta las últimas consecuencias y siendo el bando antidemocrático el responsable único de haber retirado las urnas. Si se atrevieran, ya habrían perdido del todo.

Sea cual sea finalmente el recorrido para llegar a la independencia, el paso que se dio el jueves con esta colosal V en Barcelona es definitivo. Se cerró la etapa autonómica y empezó la cuenta atrás hacia la libertad. Trescientos años exactos después de la caída de Barcelona a manos borbónicas; trescientos siete años después de la batalla que permitió la entrada en el país del ejército de las dos coronas, en Almansa; doscientos noventa y nueve años después del último foco de resistencia catalana, en Mallorca; y trescientos cincuenta y cinco años después de la pérdida del Rosselló y parte de la Cerdaña, en el tratado de los Pirineos. Primero los unos y después los otros, todo el país irá recobrando la libertad perdida y tejiendo una historia de vida y esperanza como un solo pueblo. En paz y libertad.

@JmRLluch

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